lunes, 3 de febrero de 2014

Les presentamos a Woody Allen, director... y violador de niñas

Ya comentamos antes, que el artista y su obra pueden ser completamente distintos: el artista puede ser una persona desagradable, abyecta, ruin, y sin embargo, crear las más inmensas y conmovedoras composiciones. Tal es el caso del cineasta judío Woody Allen; su cine es altamente valorado por la crítica norteamericana, y es tenido por ellos como un genio; aunque por otro lado; tiene un detalle, acaso insignificante: le gusta abusar sexualmente de niñas, especialmente sus hijas adoptivas.


Woody Allen y su hija adoptiva de 8 años, Soon-Yi 

Tal y como con los infames curas pederastras católicos, a Woody Allen le protege el dinero y un grupo que le cobija y le brinda protección; tal y como en el caso de los curas, las víctimas son extremadamente vulnerables y apenas escuchadas, mientras que las acusaciones son desestimadas como "fantasías de niños".


La víctima de Allen, su hija adoptiva Dylan Farrow, fue silenciada criminalmente tanto por su propia madre como por psiquiatras que sólo buscaban encontrar que la entonces niña mentía. Y durante años, quedó en silencio.

Mia Farrow y Woody Allen 
Con motivo de la reciente entrega de los Globos de Oro, y el premio por la trayectoria artística a Allen,  Dylan Farrow al fin rompió el silencio y publicó una carta abierta donde habla por primera vez de los abusos de los que fue objeto por parte de Woody Allen, carta que aquí reproducimos íntegra:

Dylan Farrow 
¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen? Antes de que contestes, deberías saber esto: cuando yo tenía siete años, Woody Allen me tomó de la mano y me llevó a una especie de ático oscuro en el segundo piso de nuestra casa.
Me dijo que me acostara sobre mi estómago y que jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Después, me agredió sexualmente. Me habló mientras lo hacía, susurrándome que yo era una buena niña, que éste era nuestro secreto, prometiéndome que iríamos a París y que yo sería una estrella en sus películas. Recuerdo haber mirado fijamente el tren de juguete, concentrándome en su trayecto circular alrededor del ático. Al día de hoy, me cuesta trabajo mirar trenes de juguete.
 Hasta donde puedo recordar, mi padre me había hecho cosas que no me gustaban. No me gustaba la asiduidad con la que me alejaba de mi madre, hermanos y amigos para estar a solas conmigo. No me gustaba que me metiera el pulgar a la boca. No me gustaba cuando tenía que meterme a la cama con él cuando él estaba en ropa interior. No me gustaba cuando colocaba su cabeza sobre mi regazo desnudo e inhalaba y exhalaba. Me escondía debajo de las camas o me encerraba en el baño para evitar estos encuentros, pero siempre me encontraba. Estas cosas sucedían con tanta asiduidad, de manera tan rutinaria, tan hábilmente escondidas de una madre que me hubiera protegido de haberse percatado, que yo creía que era normal. Yo creía que esta era la manera en la que los padres miman a sus hijas. Pero lo que me hizo en el ático se sintió diferente. No pude seguir manteniendo el secreto.
 Cuando le pregunté a mi madre si su padre le hizo a ella lo que Woody Allen a mí, honestamente no sabía la respuesta. Tampoco imaginaba la tormenta que desataría. No sabía que mi padre usaría su relación sexual con mi hermana para cubrir el abuso que me había infringido. No sabía que acusaría a mi madre de haber insertado el abuso en mi cabeza y que la tildaría de mentirosa por defenderme. No sabía que sería obligada a contar una y otra vez mi historia, a un doctor tras otro, empujada para ver si en algún momento admitía estar mintiendo como parte de una batalla legal que no tenía posibilidad de entender. En cierto momento, mi madre me sentó y me dijo que no habría problema alguno si admitía estar mintiendo – que podía retractarme. No podía. Todo era verdad. Pero las acusación de abuso sexual contra los poderosos mueren con mayor facilidad. Había expertos deseosos de atacar mi credibilidad. Había doctores deseosos de enloquecer a una niña abusada.
 Tras una audiencia sobre la custodia en la que se le negó a mi padre su derecho a verme, mi madre desistió perseguir cargos criminales, a pesar de hallazgos de probable culpabilidad en el Estado de Connecticut – debido a, en palabras del fiscal, la fragilidad de “la niña víctima”. Woody Allen jamás fue condenado por crimen alguno. Que se haya salido con la suya después de lo que me hizo me ha perseguido durante mi crecimiento. Vivía afligida por la culpa de haber permitido que estuviera cerca de otras niñas. Me aterrorizaba ser tocada por otros hombres. Desarrollé un problema alimenticio. Comencé a cortarme. Ese tormento fue empeorado por Hollywood. Todos salvo algunos pocos (mis héroes) se hicieron de la vista gorda. A la mayoría le pareció más fácil aceptar la ambigüedad, decir, “quien puede saber lo que sucedió”, pretender que nada estaba mal. Actores lo alababan en entregas de premios. Las cadenas lo ponían en televisión. Los críticos, en revistas. Cada vez que veía la cara de mi agresor – en un poster, una playera, en televisión – solo podía esconder mi pánico hasta encontrar un lugar para estar sola y desmoronarme.
 La semana pasada, Woody Allen fue nominado por su Oscar más reciente. Pero en esta ocasión me rehusé a sentirme abatida. Por mucho tiempo, la aceptación de Woody Allen me hizo callar. Se sentía como una reprimenda personal, como si los premios y los galardones fueran una forma de decirme que me callara y me fuera. Pero los sobrevivientes de abuso sexual con los que he tenido contacto – para apoyarme y compartir sus miedos de lo que vendría, de ser llamados mentirosos, de escuchar que sus recuerdos no son sus recuerdos – me han dado una razón para no permanecer callada, si tan solo muchos otros supieran que tampoco tienen que estar callados.
 Hoy me considero afortunada. Estoy felizmente casada. Tengo el apoyo de mis maravillosos hermanos y hermanas. Tengo una madre que encontró dentro de ella misma la fortaleza que nos salvo del caos de un predador llevado a nuestra casa.
 Pero otros permanecen asustados, vulnerables, luchando por el coraje para decir la verdad. El mensaje que Hollywood envía les importa.
 ¿Qué si hubiera sido tu hijo, Cate Blanchett? ¿Louis CK? ¿Alec Baldwin? ¿Qué si hubieras sido tú, Emma Stone? ¿O tú, Scarlett Johansson? Me conociste cuando era una niña, Diane Keaton. ¿Me has olvidado?
Woody Allen es un testimonio viviente de la manera en la que nuestra sociedad le falla a los supervivientes del abuso y la agresión sexual.
 Imagina a tu hija siendo guiada de la mano a un ático por Woody Allen. Imagina que pasa su vida sintiendo nauseas cuando mencionan su nombre. Imagina un mundo que festeja a su atormentador.
¿Te lo estás imaginando? Ahora, ¿cuál es tu película favorita de Woody Allen?

Dylan Farrow

Soon-Yi actualmente 

¿Que es algo que pasó hace  mucho tiempo? ¿Qué no hay manera de saber? No sé; sólo sé que Allen ha seguido adoptando niñas, y de hecho, está casado con Soon-Yi Previn, su hija adoptiva con su entonces pareja sentimental, Mia Farrow. Y actualmente, ha adoptado a otras niñas más (parece que los niños no son de su gusto) Bechet y Manzie, de 13 y 15 años. En la foto, de hecho, no parecen muy felices de estar al cuidado a la merced de allen. La mirada de ambas niñas es dura, muy contraria a la felicidad, y ninguna lo abraza; más bien se rodean a sí mismas con los brazos y simplemente lo dejan hacer.

Woody Allen y sus nuevas ¿Víctimas? hijas. 

Queda clarísmo más que nunca que la obra y el creador pueden ser muy -muy- distintas. Aunque las películas del judío Woody Allen me aburren, ciertamente a una gran parte de la crítica (judía) le fascinan, y eso le establece como un gran cineasta; pero como persona, parece que merece otro tipo de premios, en lo más profundo de una oscura celda.
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