lunes, 11 de noviembre de 2013

Cuento Humorístico: la mágica máquina magnomédic

Los ayudantes dejaron el pesado aparato en medio del despacho, y se retiraron discretamente. Era una especie de sillón de dentista, pero tenía muchas más palancas, botones y brazos.



-¡Buenos días, ingeniero Flemin! ¿Ésto es lo que creo que es?
-Doctor Moniz: en efecto, es el resultado de los 10 años de apoyo que su institución dió al proyecto.
-¡Magnífico, magnífico! ¿Podemos verlo en acción?
-Doctor, desgraciadamente la instalación de este aparato, que he llamado la máquina magnomédic, es lenta. Pero he traído un video donde podremos ver a el magnomédic funcionando.
Hechos los preparativos, el ingeniero comenzó la proyección en la pared del despacho, y como en los antiguos pases de diapositivas, Flemin fue narrando las imágenes que aparecían.
-Aquí está el magnomédic ya instalado. Una vez hecho esto, basta la supervisión ocasional de un técnico para asegurar su funcionamiento.
-¡Increíble! Es más de lo que esperaba.


-De hecho, doctor Moniz, creo que hicimos áun más; el proyecto de la asociación médica internacional que usted dirige, era crear un simple auxiliar en el diagnóstico médico. El magnomédic es más, mucho más... creo que será mejor que usted lo vea...
En el video apareció un hombre, que se colocó una especie de guante en la mano derecha y un extraño casco, y se recostó en el sillón de dentista.
-Pero... ¡Es usted, ingeniero!
-Sí, doctor. Toda distancia guardada, así como muchos doctores arriesgaron su vida aplicándose a sí mismos las medicinas que probaban, así creí adecuado ser yo el que se arriesgara usando el magnomédic en su prueba definitiva.
-¡Vaya! Pues es admirable, admirable, Muniz. Pero dígame.. ¿Dónde está el doctor que va a operar la máquina?
-Ésa es parte de las mejoras que le hicimos al proyecto. Vea. Y escuche...
En la película, el sillón de doctor, el casco y el guante que Flemin llevaba comenzaron a prender y apagar sus luces. Los focos, de verdes, pasaron a naranjas, y luego a azules. Una pantalla mostró entonces un letrero que decía: "En consulta". Y sorpresivamente, de la máquina surgió una voz, agradable, lejana -muy lejanamente- artificial, pero más que  nada cálida y segura:
-¡Buenos días, señor Flemin! Comenzamos la consulta.
Visiblemente sorprendido, pero conservando el aplomo que todo médico aprende en la escuela, el doctor Moniz alcanzó a preguntar:
-¿Usted la programó previamente con su nombre...?
-En realidad, no. A través del casco y el guante, el magnomédic hace una primera toma de sangre, huellas digitales, iris y ADN, y todo lo analiza en su computador. Con el ADN, busca en la base de datos, y obtiene instantáneamente el nombre del paciente, y claro, el historial médico del mismo, incluyendo enfermedades congénitas y hereditarias; teniendo, a partir de entonces, todo ello en cuenta durante el resto de la consulta. Si es que para entonces no tiene ya un 90% del diagnóstico.



-¿Diagnóstico? ¡Magnífico, magnífico!- Muniz lucía francamente interesado y complacido -¡Continúe, continúe!
-Esto ya por sí mismo es bueno; sin embargo, el  magnomédic hace un examen completo, como verá...
En la pantalla de la pared, el sillón de dentista comenzó a moverse solo, a una posición horizontal, dejando por lo tanto, al paciente completamente acostado boca arriba. Un arco iluminado surgió de la cabeza del sillón, y comenzó a recorrer lentamente todo lo largo de Flemin, escaneando su cuerpo; mientras, la voz de la máquina interrogaba:
-¿Alguna molestia en especial?
¿Náuseas? ¿Mareos? ¿Dolores? ¿Dónde, aquí?- un brazo mecánico con una almohadilla entonces se colocó sobre el abdomen de Flemin, y gentilmente, se posó en él, apretando un poco, al tiempo que preguntaba:
-¿Duele aquí? ¿Y aquí? ¿Más o menos?
Mientras Flemin respondía las preguntas del  magnomédic, éste había acabado de hacer el escaneo, que incluía una tomografía.
Entonces, la máquina dijo:
-Estimado señor Flemin, además de una leve anemia; usted tiene apendicitis. Será necesaria operación, no postergable más de 2 días. Sin embargo, si intervenimos rápidamente, el pronóstico es muy bueno.
Los gritos de entusiasmo del doctor Muniz hicieron que Flemin detuviera la proyección.
- ¡Magnífico, magnífico! ¡Esta máquina, el  magnomédic revolucionará la salud mundial! ¡Es usted un genio, Flemin, un genio! Tenga, brindemos, brindemos.
Le pasó una copa de whiskey al ingeniero, y brindaron por la salud mundial. El doctor luego se puso un poco serio.
-¿Y por cierto, amigo Flemin, ya se operó?
 -Bueno, doctor, en realidad no vimos el resto del video; y la respuesta está en él. Aquí va..
-¿Pero hay más? ¡Es incr... -las palabras del doctor se ahogaron en su boca cuando vió la continuación de la grabación.
La máquina preguntó entonces:
-Veo que cumple usted con los requisitos necesarios, señor Flemin ¿Desea usted ser operado en este instante?



El señor Flemin sí lo deseaba; y luego de ponerse la tradicional bata proporcionada por el mismo  magnomédic, y acostarse de nuevo en el sillón de dentista, fue anestesiado suavemente por la máquina.
-¡Por dios! ¿L-la máquina lo va a-a.. o-operar? -preguntó ya francamente movido por la emoción el doctor Muniz -No es peligroso, quiero decir...
-¡De manera alguna, doctor! ¡Ya ve que estoy aquí, casi completo! -bromeó el ingeniero, mientras se alzaba la camisa dejando ver la cicatriz de la apendicectomía.  En la pantalla, los múltiples brazos del  magnomédic operaban al Flemin con apéndice, al tiempo que el Flemin sano continuaba hablando, exultante- Mire, doctor, la tecnología para dirigir estos brazos mecánicos existe desde hace 20 años; los mapas computarizados humanos, desde hace 10, y los sensores para permitirles moverse aún más delicadamente que una mano humana, desde hace 5. La ciencia médica, por otro lado, ya tiene el avance necesario para hacer intervenciones precisas e indoloras, que, afin de cuentas, son hechas por computadora. Sólo necesitábamos la tecnología para darle al  magnomédic capacidad de hablar de manera natural con el paciente, y esa se inventó hace dos años, permitiéndonos cerrar el círculo. Únicamente tuvimos que unir todo en una sola máquina, y esa es el magnomédic.



-Vaya, pues sí que es asombroso. Más revolucionario de lo que cualquiera pensaría. Y usted es la prueba de que funciona. Es perfecta. Por eso es, ingeniero, que vamos a tener que clausurar el proyecto, y la máquina, tirarla a la basura.
Ahora fue el turno de Flemin de tartamudear
-¿Q-qué? ¿T-tirarla? ¿Dijo tirarla?
-Así es. Me temo que el proyecto entero ha quedado eliminado. Todos los documentos y prototipos, serán destruídos.
-¡Está usted loco! ¡Es el trabajo de mi vida! ¡Usted vió cómo funciona! ¡Piense cuántas vidas se salvarían! Adiós a las salas de espera; las consultas, los estudios, los análisis y las mismas operaciones serían instantáneas, sin esperas que pueden ser fatales. Ya no habría más muertos por negligencia médica, no más gasas olvidadas dentro del paciente, ni más sobredosis mortales de anestesia. No más maltrato a los pacientes, ni olvidos, ni doctores desactualizados o francamente estúpidos. ¡No, doctor, el  magnomédic saldrá al mundo aunque usted no quiera!- gritó Flemin, enfurecido




-¡Querido ingeniero! No nos exaltemos. Siéntese, por favor, síentese. Así, gracias. Déjeme que le cuente una historia: ¿Sabía usted que el primer invento que Tomás Alva Edison patentó, en 1859, fue una máquina para contar automáticamente los votos de una asamblea? Pues así fué. Naturalmente, llevó su invento al Congreso de los Estados Unidos; pero éstos no quisieron comprar la máquina, de hecho, le dijeron que el sistema manual era el mejor y más fiable. Claro que el sistema de Edison era fiable, pero lo que en realidad querían decir los congresistas era: "Si contáramos los votos en cuestión de instantes, en vez de horas o días... ¿Qué demonios haríamos el resto del tiempo? La gente se daría cuenta de que somos unos holgazanes"-
Flemin entrecerró los ojos; aún enojado, se esforzaba por entender a dónde quería llegar la indolente charla del doctor; pero lo dejó continuar.
-Luego está la cuestión del beisbol y del futbol; deportes añejos, que se niegan a adoptar el uso de las cámaras para juzgar las jugadas. La tecnología existe, desde luego, ya no habrían fueras de lugar inexistentes o straikes fuera del área de picheo; pero las asociaciones deportivas como las Ligas Mayores o la FIFA prefieren dejarlo así, para poder, seguir digamos... controlando los resultados de los partidos, y por lo tanto, el deporte mismo; cosa que las repeticiones harían muy difícil. ¿No me cree? ¿No le parece curioso que las grandes pifias arbitrales siempre beneficien a los equipos más taquilleros, como Boston, Yanquis, Argentina o Francia?-



Flemin sintió de repente naúseas. Probablemente no quería entender, pero inevitablemente, comenzaba a entender a dónde quería llegar el doctor.
-Y finalmente, estamos los doctores. Aquí entre nos, querido Flemin, los doctores en realidad somos simples narcotraficantes con licencia: nuestra habilidad consiste en saber qué droga prescribir y en qué cantidades; tal como el narcomenudista de la esquina.  ¿Pero los cirujanos?, dirá usted; bueno, los cirujanos son los vulgares plomeros del cuerpo: Si algo está tapado, lo destapan, lo remueven, o lo cambian. Y definitivamente, su  magnomédic reemplazaría a casi todos los doctores ventajosamente. Las razones ya las dijo: no más olvidos, manos temblorosas o simple ineptitud. Y como habrá adivinado, ése es el punto: igual que los congresistas y los dirigentes deportivos, nosotros no queremos perder el control sobre la vida humana, y claro y sobretodo, el estatus y los sueldos que nos deja la profesión; es por eso, que me temo que tendré que destruír su invento. No, no intente moverse. No llegaría ni a la puerta. El veneno que le puse en su vaso ya hizo efecto, y lo ha dejado paralizado, ¿Verdad? ¿Nauseas? No se preocupe, el veneno le ha quitado toda posibilidad de vomitar, y dentro de poco, también la de respirar. Por su autopsia, no se preocupe, le pondremos algo digno: ataque cardiaco o algo así.
Y tómeselo con calma; después de todo,  la gente, como usted ahora, ya está acostumbrada a morir tradicionalmente: a manos de un doctor.



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