miércoles, 2 de octubre de 2013

La prensa y la matanza del 2 de octubre

En los 60s el mundo estaba en un proceso de cambios históricos: la mujeres, los afroamericanos, las minorías, luchaban por su igualdad. Los jóvenes se revelaban exigiendo libertad sexual y política y estos movimientos se veían en Estados Unidos, Francia, Uruguay, Alemania o Checoslovaquia. México en particular, experimentó un movimiento estudiantil que fue reprimido con violencia creciente, que tuvo su culminación el 2 de octubre de 1968, cuando el ejército masacró a una multitud de manifestantes que se reunían en la llamada Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México.


Uno de los muchos carteles hechos por los estudiantes rebeldes en el 68. 







Se han escrito muchos libros y artículos sobre cómo se gestó el movimiento del 68 en México, y especialmente sobre 2 de octubre, el día de la masacre; así que nosotros presentaremos únicamente el aspecto relacionado con los medios de comunicación -especialmente la prensa- que intervinieron en los acontecimientos del 2 de octubre.


En diciembre de 1964 llega a la presidencia el abogado Gustavo Díaz Ordaz. En esa época, oficialmente México era una democracia, pero en la realidad era una especie de dictadura hereditaria, así que el Presidente anterior, Adolfo López Mateos, designó a Díaz Ordaz como su sucesor, sin que la opinión de la población fuera tomada en cuenta. Y así se explica que en una de las décadas que más buscaba el cambio llegara al poder uno de los presidentes que menos quiso el cambio en la historia. La reticencia de Ordaz a los cambios rayaba en la demencia; su obsesión por el control, en lo maniático. Probablemente, hoy Díaz Ordaz sería designado con el transtorno obsesivo-compulsivo: mandó construir un taller donde tenía cientos de rompecabezas que armaba constantemente; así se sentía en control.

El presidente Gustavo Díaz Ordaz; por alguna extraña razón, era apodado en secreto el chango. (Mono) 

Quería que todo fuera igual que siempre y no toleraba la más mínima muestra de indisciplina: inmediatamente llegando, reprimió huelgas y sindicatos, como a los médicos, en 1964.


Especialmente sobre los medios de comunicación Ordaz ejerció un control férreo. Tenía varias maneras de controlar un periódico: la dulce, mediante pagos, concesiones, excensiones de impuestos y contrato de caros anuncios oficiales que muchas veces, sostenían al periódico; y si había resistencia, entonces se usaba la violencia: les sucedían accidentes a los miembros del periódico, los multaban o clausuraban por insignificancias, e incluso, se les negaba el suministro de papel: el gobierno en aquel entonces tenía el monopolio de la producción y la distribución de papel periódico con su empresa paraestatal, Pipsa. El gobierno mexicano le vendía papel periódico sólo a los diarios que se disciplinaban.

   

Cualquier cosa que no fuera la adulación a la figura presidencial podía ser causal del cierre de un periódico; ya no digamos una crítica, incluso una broma o hasta un error llegaron a ocasionar la clausura de un diario: en 1966  El Diario de México cometió un error de imprenta, y publicó dos fotos con los pies de fotos cambiados:



Bajo la foto donde aparece Díaz Ordaz dice “Se enriquece el zoológico. En la presente gráfica aparecen algunos de los nuevos ejemplares adquiridos por las autoridades para divertimento de los capitalinos. Estos monos fueron colocados ayer en sus jaulas”.
El presidente ordenó el cierre de El Diario de México. Éste sólo publicó un número más, con el siguiente encabezado:.


Al día siguiente de el error, esta fué el último encabezado de El Diario de México


Se mantenía el orden de una manera obsesiva que recordaba los tiempos del dictador Porfirio Díaz: México tenía la paz, la paz de los sepulcros.




Igual que don Porfirio, Ordaz gustaba del fausto y el lucimiento internacional: se había conseguido, de manera inédita, la sede de los juegos olímpicos para la Ciudad de México de 1968; nunca antes, y a decir verdad, nunca después, otro país latinoamericano ha organizado los juegos olímpicos.


Eso aumentó la obsesión por el orden, y la represión: los ojos del mundo estaban puestos en México.


Y entonces sucedió la cascarita de la Ciudadela.
El 22 de julio de 1968, a sólo dos meses y medio de la inauguración de los Juegos Olímpicos, un grupo de jóvenes de la preparatoria Isaac Ochoterena y de la Vocacional 5, (escuelas de nivel bachillerato, es decir, adolescentes entre 14 y 18 años) jugaban una cascarita, es decir, un partido de futbol callejero, cuando una falta sobre uno de los jugadores desencadenó una bronca que se extendió de los jugadores hasta los demás estudiantes que presenciaban el partido.





Incluso estudiantes de otras escuelas que estaban ahí participaron, y la cascarita se convirtió en una pelea campal. Al ser un encuentro fuera de la escuela, no había maestros cerca para detener la bronca; así que era esperable la llegada de policías al lugar. Y sí llegaron las fuerzas del orden: inexplicablemente, un escuadrón de soldados apareció. Y comenzaron a soltar porrazos y culatazos.




Los jóvenes corren a refugiarse a sus respectivas escuelas.Los soldados los persiguen hasta ahí, y allanan ambas escuelas, golpeando indiscriminadamente ya a alumnos, ya a maestros. Hay decenas de arrestos.


Esa fue la mecha; a partir de ahí, se creó una espiral de protestas por los hechos, represión, más protestas y más represión. Al movimiento se sumaron cada vez más escuelas, involucrando finalmente a todas a las universidades e institutos de la ciudad.


La inquina era alta y el odio mutuo: los estudiantes acusaban al gobierno de represor, gorilesco y asesino; el gobierno acusaba a los estudiantes de terroristas, agitadores, y por supuesto, comunistas. Los medios de comunicación presionaban por su parte: techaban al movimiento de ser "unos cuantos estudiantes manejados por agentes de la KGB". Recriminaban a los padres de familia por no controlar debidamente a sus hijos; y llamaban al resto de la población a mantenerse al margen.

Cartel hecho por los estudiantes de veterinaria.
(Granadero es el nombre que se le dá a en México
al cuerpo de policías antimotines) 

Pero los jóvenes, usaron sus propios medios de comunicación: pintaban mantas, bardas y camiones con consignas. Mimeografiaban (el abuelo de las fotocopias) volantes y panfletos que eran repartidos para mantenerse informados e informar a la población.





La inauguración de los juegos se aproximaba cada vez más, y las protestas no hacían sino crecer; para Ordaz, dada su compulsión obsesiva por el orden, debió ser terrorífico: se acercaba la fiesta, y la casa seguía en desorden.



El 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en la unidad habitacional Tlatelolco, a las 5:30 pm se llevó a cabo un gigantesco mítin de estudiantes y simpatizantes del movimiento, de entre 5 y 10,000 personas. Miembros del ejército circulan por los alrededores, pero esa vigilancia se ha vuelto normal; los oradores se limitan a pedir por los micrófonos no caer en provocaciones.



Aproximadamente a las 6:10 unas luces de bengala son disparadas al cielo de la plaza. Era la señal. Se inicia la masacre. Francotiradores que previamente se habían apostado en puntos estratégicos cominezan a disparar a mansalva contra la multitud inerme.


Éstas, y las siguientes:
cuerpos de estudiantes y civiles asesinados
en Tlatelolco el 2 de octubre. 






Los soldados en tierra también disparan. Y un tercer grupo, el llamado batallón Olimpia, un grupo del ejército formado originalmente para cuidar el orden durante los juegos olímpicos, asesina a varios dirigentes estudiantiles y arresta a los demás, dentro de los edificios aledaños a la plaza, desde donde dirigían el mítin.




La masacre dura toda la tarde; alrededor de 30 minutos de fuego intenso, y más disparos hasta las 11 pm. En varios departamentos de los edificios adyacentes a la Plaza se dió refugio a varios estudiantes que buscaban guarecerse de la matanza; fueron allanados, y los estudiantes arrestados y varios ejecutados en el lugar.


En la iglesia de Santiago de Tlatelolco, adyacente a la plaza, los buenos hermanos franciscanos negaron el refugio a los estudiantes durante la balacera, y ni siquiera recibieron a los heridos (días más tarde, estos curas se negarían a decir una misa por los muertos en la plaza, e incluso a dejar a los familiares de los muertos rezar por ellos en la iglesia).




El saldo, después de varias investigaciones independientes, se calcula que fue de más de 350 estudiantes y civiles muertos, muchos más heridos, y hasta 2000 arrestados.



La reacción de la prensa en los días siguientes es tanto inaudita como esperada, dado el control que se tenía sobre ella; los periódicos comentaban la masacre como una riña entre alborotadores, o como un enfrentamiento contra "los terroristas".

Éstas y las siguientes:
portadas de los principales diarios
de circulación nacional al día siguiente de la masacre. 








El 4 de septiembre, tanto El Excelsior como La Prensa, -los dos periódicos de más venta entonces- a pesar de que todavía el 3 de octubre un grupo de trabajadores fue mandado a limpiar la sangre en la plaza, y los presos políticos seguían desaparecidos, publicaron a 8 columas: ¡Habrá olimpiadas!.




Los presos políticos fueron torturados, las mujeres además, violadas; y varios de ellos permaneceron muchos años en prisión, o incluso hoy, siguen desaparecidos. Las oficinas del partido comunista fueron allanadas y clausuradas.


El titular del noticiero más visto de la TV mexicana, Jacobo Zabludovzky, recibe una llamada del mismísmo Presidente. Es para reclamarle que haya usado una corbata negra durante su noticiario 24 horas al día siguiente de la masacre. "Es la única que tengo, señor presidente; la he usado por años". Zabludovsky se mantiene en el noticiario hasta los 90.


Probablemente una de las pocas muestras de valentía
y protesta de parte de un periodista profesional:
Esta fue la caricatura de Abel Quesada que apareció en 3 de octubre de 1968. 
Días después, Ordaz inaugura sus queridos juegos olímpicos. Durante su breve discurso de 22 palabras, el estadio entero le dedica la más grande rechifla nunca antes recordada hacia un Presidente mexicano. Dos años después, inaugura la copa mundial de México, y se hace acreedor a otra rechifla monumental; y alguien del público le grita: “¡Chango, bájate de la penca!”. 

Díaz Ordaz saluda durante los juegos olímpicos a atletas soviéticos 

Como ya mencionamos, al Presidente le correspondía el privilegio de nombrar a su sucesor. Ordaz nombra a su secretario de Gobernación, Luis Echeverría, que es considerado el co-autor de la matanza de Tlaltelolco; sin embargo, Echeverría, en cuanto es nombrado sucesor, tácitamente responsabiliza a Ordaz; quien intenta removerlo del cargo, pero ya es tarde. Echeverría llega a la presidencia, en donde ya abiertamente culpa a Díaz Ordaz por todos los hechos de octubre del 68.

Panfleto estudiantil parodiando
los logotipos olímpicos de los diferentes deportes 



Y efectivamente, el resto de su vida, Ordaz se culpará a sí mismo intensamente. Pero no por la matanza, que siempre consideró necesaria y justa; sino por haber confiado en el traidor Echeverria. Cada mañana, todos los días hasta su muerte, se levantaba, iba hacia el espejo del baño, y pasaba largas y tormentosas horas diciéndose a sí mismo: "¡Imbécil, pend***, estúpido, idiota!!".


Díaz escribió en su diario: “Se ha cumplido con este encargo como se debió cumplir, ni un milímetro de más ni de menos. Si algún día se ve, se verá y enhorabuena. Si no, me da lo mismo. No busco el aplauso del pueblo, de la chusma, ni figurar en los archivos de ninguna parte. Al carajo con el pueblo y con la historia”.

Arrestos durante el 2 de octubre 

Pues lo logró. Mandó al pueblo y la historia al carajo, y ahora el pueblo y la historia hacen lo mismo, considerándolo unánimemente como el gran asesino de Tlaltelolco. Pero luego de ver la actuación de la prensa servil de entonces, a ésta también le corresponde una reservación doble en el carajo, y el sótano más húmedo y frío en la Historia.


Portada de el Universal el 12 de octubre,
El día de la inauguración de los Juegos Olímpicos,
10 días después de la masacre. 
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