martes, 1 de octubre de 2013

Arquímedes y cómo saber si tienes mal aliento

Hierón de Siracusa, el rey que gobernó Sicilia durante más de 50 años en el siglo V a.c. tenía, como los demás reyes de la Grecia clásica, un palacio y una corte. Diariamente recibía embajadores, emisarios y diplomáticos de otros países y establecía alianzas o las rompía. Era, como se decía a principios del siglo pasado, dueño de vidas y haciendas; sin embargo, hoy es virtualmente un desconocido para los medios de comunicación, y por lo tanto, para la gente. De tal manera, que pocos saben que él es el rey que protagonizó la archifamosa historia de el gran científico Arquímedes y su célebre frase ¡Eureka!.





El rey Hierón decidió mandarse hacer una corona en forma de hojas de laurel toda de oro puro. Por lo que entregó una cantidad de oro a un orfebre para que le hiciera la corona. Luego de varias semanas, el artesano terminó su obra, y quedó espléndida; indudablemente era una obra de arte; pero Hierón, que era desconfiado, comenzó a sospechar que el artesano lo había estafado: había puesto menos oro en la corona, para quedarse con un poco, y el faltante lo substituyó por plata. Así, al pesar la corona, daba el peso que Hierón había entregado en oro... pero probablemente con menos oro. 




Si se hubiera tratado de una simple moneda, hubieran podido fundirla, y el oro y la plata se hubieran separado, delatando el fraude. Pero se trataba de una verdadera obra de arte, que no debía ser tocada; ése era el problema, ¿Cómo saber cuánto oro había realmente en la corona sin fundirla? Afortunadamente, Hierón era también un protector de las artes y las ciencias, así que en su corte estaba, como decíamos, el gran científico Arquímedes. Y le encargó el problema; el cual ciertamente parecía insoluble.



Arquímedes sabía que el oro es más denso y pesado que la plata, y que por lo tanto, ocupa más espacio; es decir, una corona de oro puro tiene más volumen que una corona de oro y plata. Habría bastado con medir la corona, y si su volumen era menor a lo que se esperaba, el problema estaba resuelto. Pero la corona no se podía medir con exactitud, pues su contorno era demasiado irregular; recordemos que tenía forma de hoas de laurel. Parecía que el orfebre se saldría con la suya, y Arquímedes tendría que enfrentar la ira del rey, quizás una ejecución, y en el mejor de los casos, unos azotes o el destierro.

Antiguas monedas griegas con el busto de Hierón de Siracusa 

Durante varios días, y probablemente semanas, Arquímedes pensó y pensó en la solución. Se dice que olvidaba comer, dormir o bañarse para seguir con sus cavilaciones; pero la inspiración no llegaba.




En un momento dado, agotado -y quizás también apestoso- Arquímedes decidió tomarse un baño y relajarse un poco. La costumbre griega era bañarse en tina, así que Arquímedes se desnudó y se metió al agua. Entonces, Arquímedes comenzó a ver algo: Su cuerpo desplazaba una cantidad fija de agua, elevando su nivel en la tina. Si se salía, el agua volvía a bajar. ¡Esa era la solución!




La leyenda cuenta que Arquímedes se emocionó tanto, que salió corriendo como estaba, desnudo, por las calles de Siracusa, gritando ¡Eureka!, que significa ¡Lo encontré!. (Y dando nacimiento, de paso, a uno de los memes más antiguos de la historia)


Arquímedes -ya vestido- se apersonó en el palacio de Hierón, e hizo la prueba: el rey le proporcionó una cantidad idéntica de oro a la que había dado al orfebre para hacer la corona, y Arquímedes la metió en agua, y midió la cantidad que desplazaba. Luego metió la corona, y la hundió en el agua. La cantidad de agua que desplazó era menor; así que el orfebre, en efecto, había usado menos oro en la corona.




Arquímedes se ganó honores y fama; el orfebre, cuyo nombre no conocemos, recibió el pago que se había acordado por hacer la corona, menos el monto de lo robado y... mandado a ejecutar.




Esta tierna historia nos demuestra que Hierón, aunque era de temer, tampoco actuaba impulsivamente.
Un día, durante una entrevista con un embajador extranjero, los ánimos comenzaron a caldearse. La discusión entre el rey y el diplomático subió de tono, hasta que éste le dijo a Herión: "Lo más insoportable de estar cerca de tí, es tu aliento, que hiede"




Herión quedó algo desconcertado por esta revelación, pues no tenía la menor sospecha de tener ese problema; nadie se lo había dicho jamás. Le preguntó a sus consejeros si esto era verdad, y ellos confesaron que, lamentablemente, era cierto: tenía mal aliento. Así que en la noche, se acercó a su esposa y la interrogó sobre porqué nunca le había dicho nada sobre su mal aliento. Ella era una mujer pura y sencilla, y le contestó. "Mi rey, me casé virgen contigo, y nunca he estado cerca de ningún otro varón; yo creí que ese era el olor normal de la boca de los hombres".




Así, Hierón averiguó cómo distinguir oro de plata, y algo aún más difícil; cómo saber si tienes un defecto: pregúntale a tus enemigos; porque las personas cercanas difícilmente te los dirán.



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