martes, 17 de septiembre de 2013

¿Te da miedo ser creativo?

¿Te da miedo ser creativo? Quizás deberías. Recordemos la triste fama de los escritores, pintores, y demás adjuntos al mundo de la creatividad y de los medios de comunicación. Los artistas son complicados, maníaco-depresivos, alcohólicos y a menudo suicidas. Además, están las eternas preguntas con que nos estimulan familiares y amigos en cuanto saben que nos decidimos por una actividad creativa ¿No te da miedo fracasar? ó mejor aún: ¿morirte de hambre?


Pero existe un peligro mayor aún: triunfar. Sí, cuando un artista logra crear una obra excepcional, exitosa, admirada; se enfrenta después a la realidad de que muy probablemente ya no logre superar esa gran obra.




Le sucedió a Orson Welles con su Ciudadano Kane; el resto de su carrera el público y los críticos no dejaron de comparar desfavorablemente su producción posterior con esa primera obra maestra, que Welles jamás pudo superar o igualar siquiera.




Todas esas preguntas y situaciones ponen al creador en una montaña rusa emocional, que justifica su fama de maniáticos y suicidas.  Cuando el creador trabaja, y todo funciona bien, no hay problema; pero muy a menudo, hay algún bache; la famosa parálisis creativa; las ideas faltan, y se comienzan las dudas acerca de la calidad del propio trabajo y hasta del talento; el tormento mental está servido. Esto ha ocasionado ya sea suicidios por parte de las almas creativas, como comportamientos autodestructivos, que son tanto como ponerse una pistola en la sien.




¿Y hay algún remedio? ¿Hay alguna manera de evitar perderse en este mar de los tormentos del arte?

Como frecuentemente sucede, la solución para la angustia no está en el diván de un médico o en la droga del psiquiatra; sino en la mente misma, en la reflexión; y los inventores de la reflexión fueron lo griegos, de donde inesperadamente, puede venir la cura a esta angustia del creador.


Los griegos creían que la creatividad no residía dentro de cada artista; creían que ésta era dada por un ente independiente, invisible y etéreo, llamado daimon, que vivía en las paredes, y que, cuando quería, se acercaba y susurraba al oído del poeta o el creador las ideas, quien simplemente las convertía en realidad.


De este modo, se salvaba al artista de la carga que actualmente tiene, de ser el gran mago que de la nada y a voluntad, crea; que no es poca carga; es enorme; como llevar el mundo sobre el hombro, y hacer malabares con los pies.




Claro, el artista griego entonces no se llevaba todo el crédito por la obra: Si el daimon estaba de buen humor, colaboraba con el artista, y formaban un equipo productivo y feliz; y todos sabían que el daimon había aportado la inspiración. Pero, si las ideas faltaban, entonces el artista quedaba enormemente liberado: si no se me ocurre nada, ciertamente no es mi culpa: es mi daimon, que está durmiendo o se niega a visitarme. Y todos lo tomaban como cierto. Y yo, hoy, creo que lo es.



La escritora Elizabeth Gilbert cuenta la siguiente historia: luego de el super éxito de su libro Come, Reza, Ama, se le vino la enorme carga que significaba saber que probablemente, no podría superar el éxito de aquél. Y siendo una mujer joven, de 40 años, no era opción retirarse a Miami y dar por terminada su carrera y su vida.



Así que acometió la empresa de escribir la segunda parte de Come. Reza, Ama. El reto por superarlo aumentaba la tensión, y dificultaba la circulación de la creatividad; hasta que un día, luego de varias horas de lucha contra las ideas, que se negaban a acudir, repentinamente, se acordó de los griegos y de los daimons. Detuvo su trabajo; alzó la mirada de la hoja en blanco, y hablando en voz alta, dijo: "¡Eh, tú! ¡Cosa! ¡Si te niegas a ayudarme, es tu problema. Pero que conste que a la hora del trabajo yo estuve aquí intentándolo, y fuiste tú quien no quiso venir! Y seguiré intentándolo porque es mi trabajo, pero si el trabajo no resulta como debiera, no será mi culpa."
A los pocos minutos, una idea llegó a Gilbert. El bloqueo creativo había pasado. Su daimon, quizá abochornado, quizá harto, quizá travieso, había regresado a ayudarla.



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