jueves, 22 de agosto de 2013

El payaso que confesó a Nixon

Lo mismo es nuestra vida que una comedia, no se atiende si es larga, sino a si la han representado bien. Concluye donde quieras, con tal de que le pongas buen final.
Séneca


Y en 1977, el expresidente Richard Nixon no estaba contento con el final de su comedia.
Le parecía injusto que se le considerara un mal, un pésimo, presidente, luego de todo lo que había hecho por norteamérica.
Y consideraba que esa mala crítica sólo era por el pésimo final que tuvo el acto más grande de su vida, la presidencia.




Recordemos: luego de varios intentos fallidos, Richard Nixon al fin ganó la presidencia en 1968, con un cómodo margen. Gobernó 4 años con gran, enorme, popularidad; tanta, que cuando se presentó a la reelección en 1972, la ganó pulverizando al candidato demócrata con el más aplastante margen favorable nunca antes visto. Estaba en el pináculo de la gloria.


Mapa electoral de 1972. Los rojos, son los estados ganados por Nixon. El azul, el estado que ganó McGovern. 


Sin embargo, meses antes de la exitosa reelección, se produjo un extraño caso de allanamiento en la sede central del partido Demócrata, en el edificio Watergate. El extraño caso, al ser investigado, reveló que se trataba de una red de espionaje, cuyos nexos llegaba arriba, muy arriba... hasta al mismísimo Presidente.
Así como Nixon ganó la elección presidencial con un margen nunca antes visto, ahora desató un escándalo presidencial nunca antes visto.

Nixon contestando a los periodistas. 

Se llegó a hablar de llevar a juicio al propio presidente, por los cargos de falso testimonio, conspiración y obstrucción de la justicia
La ira popular fue inmensa. Como ya habíamos comentado en alguna ocasión, los norteamericanos perdonan que sus presidentes sean  ladrones, libertinos, tramposos, asesinos, y hasta genocidas... pero nunca mentirosos. Y Nixon mintió, mientras trataba de ocultar el embarazoso asunto de Watergate, negándolo todo una y otra vez.
Su popularidad cayó en dramática picada, y las manifestaciones que antes se hacían contra la guerra ahora pedían su enjuiciamiento.

Manifestación exigiendo el juicio a Nixon 
Tras varios meses de intensa presión, Richard Nixon fue el primer presidente norteamericano en renunciar.
Previamente, y de manera astuta, colocó a Gerald Ford como vicepresidente, de manera que al quedar vacante el puesto, éste se convirtió en presidente; siendo su primer acto perdonar a Nixon de todos lo delitos que pudiera haber cometido. 


Gerald Ford; su primera acción como presidente: perdonar a Nixon. 

Este final dejó insatisfechos a todos: el pueblo norteamericano lo consideraba culpable, y hubieran querido verlo en un juicio donde tuviera que aceptar su responsabilidad, pero debido a el perdón presidencial, Nixon no enfrentó juicio alguno; los demócratas querrían haber hundido por completo a su enemigo, y sólo vieron cómo se iba a vivir tranquilamente a Miami;  los republicanos deseaban poder deshacerse de Nixon, que ahora representaba una sombra sobre ellos; y el mismo Nixon no quería aceptar el perdón en un principio, pues implícitamente implicaba aceptar su culpa, cosa que seguía negando ya en el retiro.

"Toca la bocina si apoyas el juicio a Nixon" 
Desesperado por limpiar su nombre, tres años después de su renuncia Nixon escribió un libro contando su versión, pero no tuvo buena acogida. Como una estrategia para aumentar las ventas, y hacer llegar a un público masivo el libro, Nixon decidió por primera vez desde que dejó la Casa Blanca conceder una entrevista.
Es proverbial ya la pésima, tormentosa relación que tuvo Nixon con los medios de comunicación. Simplemente, Nixon odiaba  a los medios, y los medios lo odiaban a él.
En su conferencia de prensa final, cuando ya había decidido renunciar, se despidió diciendo:
-Bien, ya no tendrán más Nixon al cual patear, pues, caballeros, esta es mi última conferencia de prensa.

Nixon odiaba la televisión, el radio, la prensa y a todos los medios de comunicación. 

Así que no podía dejarse entrevistar por algún comentarista norteamericano; fueran de izquierda o derecha, todos lo odiaban por igual; y lo atosigarían la entrevista entera con las molestas preguntas sobre Watergate. Necesitaba alguien extranjero, para que no lo odiara; alguien dócil y famoso al mismo tiempo. Después de todo, lo que quería era sentarse y dar su versión, sin cuestionamientos.
Un payaso de rodeo, que atrajera la atención sobre sí, mientras le permitía a Nixon enfrentarse al toro de la opinión pública.
Nixon necesitaba encontrar un payaso.


David Frost (derecha, primer plano) en su programa cómico ¿Qué pasó en la semana?

Richard Frost era un presentador y animador inglés, que había hecho carrera conduciendo programas de comedia y últimamente acababan de cancelar un show donde presentaba escapistas y magos, y no se presentaban nuevas oportunidades a la vista. Necesitaba reinventarse; y estaba meditando seriamente en ello cuando se enteró de que Nixon estaba buscando una entrevista, pero fuera del círculo norteamericano.

El animador David Frost 

Inconcebiblemente, Frost pensó que él podía hacerlo, y e invitó a su productor a el proyecto.
Éste creyó que era una broma, pero Frost le aseguró que era completamente en serio. Planeaba enfrentarse al más odiado político occidental de los últimos tiempos.
Su productor, sus amigos y conocidos intentaron disuadirlo. Después de todo, Frost sólo había entrevistado a cantantes y actores, y el tema más serio que había tocado en su carrera era el divorcio de una bailarina.
Pero Frost se empecinó, e hizo contacto con el exmandatario. Estaba decidido y entusiasmado, y se le veía.
Nixon, que era un viejo lobo de mar, notó los deseos de Frost, y ya que andaba con ciertos apuros económicos, se dejó pedir la astronómica suma de $600,000 dólares, además del 20% de los ingresos por las ventas de la entrevista. Si Frost picaba, Nixon tenía a su payaso.

David Frost y Dick Nixon

Imperturbable, y quizá también estúpidamente, Frost aceptó.
Frost firmó el contrato con Nixon sin tener aún ningún comprador para la entrevista. Arriesgándolo todo, puso el dinero de su bolsillo.
Comenzó a buscar una cadena estadounidense que le comprara a su vez la entrevista. Ninguna se interesó. No creían que tuviera interés una entrevista entre un presentador extranjero -un odioso inglés- y un aún más odioso expresidente. Frost estaba solo.
Pero continuó adelante.
Se acordaron un total de 12 entrevistas, en las que se tocarían temas especificados. Watergate estaba incluído. El rodeo estaba listo.

El escenario de las entrevistas fue la casa de veraneo de Nixon 

Para todos los observadores, era evidente el candor con el que Frost comenzó las entrevistas. Nixon y su equipo estaba encantados.
Durante las primeras sesiones, el expresidente con facilidad evadió las preguntas más comprometedoras, y convirtó las respuestas en largos monólogos donde se autolelogiaba, quedando como un gran, abnegado estadista norteamericano.

Nixon estaba logrando su gran objetivo: dar su versión de los hechos, sin cuestionamientops, y así, reescribir -al menos en la mente de los norteamericanos- el final de su historia. Y ¿quién sabe? Después de esa entrevista, quizá hasta pudiera regresar a la política, pues no había duda de que el público al final lo perdonaría.



Pero Nixon estaba menospreciando a su rival.
Ningún payaso de rodeo trabaja solo, y Frost no era la excepción; además de el equipo técnico, contrató a asesores en política norteamericana, y estudió profundamente a Nixon y a su presidencia.
Aproximadamente en la sesión 4, luego de saludarse, para empezar la entrevista de ese día, Nixon esperaba otro día de campo desayunándose al inglesito.




En lugar de eso, Frost, comenzó a soltar preguntas insólitas sobre la presidencia de Nixon; éste fue tomado por sorpresa, pero logró contestar. Después, vino una cascada de cuestionamientos sobre la política exterior.

Frost durante las entrevistas. 

-Usted se considera un gran defensor de los derechos humanos, y dice que salvó miles de vidas gracias a su intervención en Camboya- dijo Frost. Sin dar tiempo a una mayor respuesta de Nixon, que apenas pudo articular un "Así es" el conductor pidió que se comenzaran a pasar en la pantalla durísimas imágenes de aldeas arrasadas, ejecuciones sumarias, selvas inncendiadas y personas quemadas, todo perpetrado por el ejército norteamericano en Camboya.


El hasta entonces seguro Nixon comenzó a titubear; y como un boxeador que presiente a su rival cerca del nocaut, Frost se le avalazó con los cuestionamientos que Nixon tanto temía: Watergate, espionaje, encubrimiento. Y remató con la pregunta:
-¿Cree usted que son correctos todos los actos inmorales que cometió en su presidencia?
-Bueno, cuando el presidente lo hace, significa que es legal


Y Nixon había sido cornado. Sin darse cuenta, hizo lo que tantos norteamericanos anhelaban: una confesión; si, hizo todo de lo que se le acusaba, porque era el presidente. También fue una declaración de cinismo.
Frost, el cándido, el pequeño, el payaso, había hecho confesar al inamovible Nixon.



Al finalizar la serie de entrevistas, Frost las comercializó por sí mismo; se sabía que la entrevista contenía la confesión de Nixon, y ahora las cadenas se la peleaban, haciendo millonario a Frost en el proceso. Se estima que la entrevista que, según las grandes cadenas, a nadie interesaba, fue vista por cerca de 49 millones de persoonas.
David Frost se volvió una gran celebridad luego de las entrevistas. 


Nixon solucionó sus apuros económicos, pero quedó lejos de lograr escribir el nuevo final que tanto buscaba; al contrario, marcó con fuego en la última línea de la obra llamada Richard Nixon la frase que menos deseaba: "el Presidente no sólo fue un ladrón y un asesino; imperdonablemente, fue un mal mentiroso".

"El inquisidor de Nixon. David Frost"
"Fuera de la TV, él (Nixon) se maneja con millones, migrañas, y muchas mujeres." 

El descrédito en el que quedó Nixon fue tal, que no sólo no pudo regresar a la política; ni siquiera pudo volver a ejercer las leyes, pues fue expulsado del colegio de abogados; e incluso incapacitado para su práctica en todo el territorio norteamericano.
Al final, poosedor de mucho dinero, producto de la venta de sus libros y de la entrevista; pero también de mucho desprecio, Nixon murió de un derrame cerebral en su casa de retiro a los 81 años. La comedia había terminado.
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