miércoles, 13 de marzo de 2013

Porqué renunció Ratzinger

Recientemente se reunió el cónclave para elegir al sucesor de Joseph Aloisius Ratzinger, Benedicto XVI. Como es ya sabido, el detalle singular es que a diferencia de sus 60 antecesores, Ratzinger no murió en el cargo; sino renunció. Aunque Benedicto XVI explicó las razones de su dimisión, a partir de ese momento comenzaron a tejerse todo tipo de teorías acerca de la verdadera causa que le empujaron a abdicar, rompiendo con una tradicíon que se remontaba a el siglo XV, según la cual el papa debía seguir en el cargo hasta el final.




Así, ¿Cuál es la verdadera causa de la dimisión de Benedicto XVI? Bueno, se han barajado varias:



Decaimiento por la edad.
Que es la causal oficial, en propia voz de Joseph Ratzinger: 
"Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.
Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado."
Benedicto XVI recién elegido
Suena verosímil; un hombre siempre enfermo y hospitalizado difícilmente puede dirigir a la institución más grande, antigua y compleja del mundo. Especialmente después de que se le interviniera secretamente para colocarle baterías nuevas a su marcapasos, las imágenes de Benedicto XVI son de una persona altamente decaída y avejentada.
 Benedicto XVI recientemente 
Sin embargo, tal decaimiento no hizo renunciar a sus 60 antecesores, especialmente uno recordado por su larguísima e incapacitante agonía final, que aunque duró años, no lo hizo renunciar: Juan Pablo II, muy cercano al entonces cardenal Ratzinger.

Miedo al dolor
Precisamente por esa cercanía y amistad, Ratzinger pudo presenciar plenamente los torturantes años finales de Juan Pablo II, quien era llevado a giras episcopales y presentaciones cuando lo que necesitaba era ser internado en cuidados intensivos.

Los últimos años, especialmente los cinco finales, fueron un largo y doloroso viacrucis en el que Juan Pablo II sólo se detenía para ser hospitalizado... y soportar también en el hospital más dolor; tanto, que el Papa que se opuso a la piedad de la eutanasia para los otros terminó suplicándola para él mismo el día que pidió a los doctores que lo dejaran morir.
 Benedicto XVI habría contemplado todo esto, y habría decidido no cruzar el mismo camino.

Se sintió traicionado.
Como sabemos, el mayordomo personal del Papa (y por lo tanto, una de las personas en las que más podía confiar Ratzinger) robó información confidencial y la filtró a la prensa. Al poco tiempo, fue evidentemente despedido y arrestado por el hurto; pero el hecho hizo saber al Papa que estaba sobre hielo quebradizo; y que en el Vaticano no puedes confiar en nadie. Desilusionado y sin amigos, decidió renunciar.
El mayordomo de Benedicto XVI sosteniéndole la sombrilla.

Vatileaks
Sin embargo, hablamos de  Joseph Aloisius Ratzinger, un cardenal con más de 40 años de experiencia en las intrigas palaciegas del Vaticano, que se desayunaba a dos clérigos como el mayordomo que lo traicionó en la mañana; y por lo tanto, lo suficientemente endurecido como para no dejarse amilanar por una traición, grande o pequeña; finalmente, es la naturaleza de la corte.
 
Lo que verdaderamente habría motivado la dimisión fue el escándalo provocado por la filtración: el famoso Vatileaks. Los documentos que el mayordomo robó contenían revelaciones sobre corrupción en el banco vaticano, manejos financieros irregulares en la Santa Sede y todo ello a cargo de los hombres más cercanos a el Papa; haciendo estallar un escándalo cuyas repercusiones aún no terminan.

El complot homosexual.
Aunque si se trata se simple corrupción, no debería haber problema: El Papa podría haber fácilmente resuelto todo en secreto o incluso ignorándolo; finalmente, en los países católicos la legalidad o la democracia no son los valores más importantes.
Pero atrás de las filtraciones de Vatileaks estaría un grupo de cardenales poderosos en tiempos de Juan Pablo II, que luchan contra Benedicto XVI. Este grupo de cardenales tiene más fuerza toda vez que integra una poderosa red de chantaje contra clérigos homosexuales. Para no ser denunciados por su orientación sexual, éstos clerigos colaboran en el complot contra el Papa-. Este grupo habría logrado forzar la renuncia de Ratzinger mediante la presión o el chantaje.

La Iglesia se desmorona
Pero por otro lado, la Iglesia tiene experiencia milenaria en ahogar rebeliones; y podría acallarla con efectividad; el problema más grave de la Iglesia son los incesantes casos de pederastia, corrupción, lavado de dinero, falta de vocaciones sacerdotales (el promedio de edad de los sacerdotes es de 60 años), pérdida de confianza y falta de dinamismo. Los retos son múltiples y sólo un verdadero Napoleón podría dar batalla en tantos frentes. Y Ratzinger no lo es; así que aceptando eso, se hizo a un lado, humildemente.

Ratzinger nunca soportó la responsablidad. 
Se dice que Benedicto XVI tuvo una humildad sobrehumana, beatífica, al reconocer su falta de capacidad y fuerza para dirigir la barca de San Pedro y bajarse de ella desdeñando la gloria de ser el Papa, para "retirarse a meditar". Pero esto dista de ser verdad: Ratzinger renunció al cargo de máximo dirigente y administrador de la Iglesia; es decir, renunció a las presiones y a las responsabilidades del puesto; pero no renunció al título de Papa: como él mismo dispuso, se le va a seguir llamando "Su Santidad"; conservará el título de Papa "honorífico", y seguirá viviendo en el Vaticano, o sea, igualmente cerca de los reflectores y los micrófonos.
Es decir, Ratzinger renunció para quitarse las responsabilidades y conservar los honores. ¡Qué conveniente! ¡Como cualquier presidente neoliberal!


Las ratas dejan el barco primero; pero se quedan cerca por si hay tiburones.
Siendo un frío intelectual; la insistencia de Ratzinger en permanecer cerca no fue tanto por vanidad; sino para poder influír en los próximos acontecimientos; desde la elección del siguiente Papa, hasta la resolución de los diversos escándalos de corrupción y pederastia que inundan la barca de San Pedro; incluso, ortdenó que el total de los delicados documentos relacionados a Vatileaks sólo se le muestren al nuevo Papa y no al resto de los cardenales. Ratzinger se va, pero no se fué; y quiere cubrirse las espaldas, pues probablemente está implicado en varios de esos asuntos.


La verdadera causa de la dimisión de Benedicto XVI es, pues, mucho más compleja de lo que él mismo expuso.
Los chinos, inventores fecundos, crearon también una dilatada variedad de torturas destinadas ya sea a lograr alguna confesión, o simplemente, para conseguir una muerte dolorosa y ejemplar.
Entre este último tipo de torturas, está "Las mil muertes": A un prisionero convenientemente inmovilizado y desnudado se le inflige una pequeña herida en algún lugar del cuerpo. Esta herida sola es insignificante y causa apenas algún dolor.
Entonces se aplica una segunda herida en otro lugar; logrando no más que otra pequeña molestia. Pero se siguen infligiendo herida tras herida hasta acumular decenas, y luego cientos.



En algún momento comienza a crecer el dolor, y la sangre que se pierde en todas estas pequeñas heridas, junta, es ahora sí significativa. Al final, el preso se va no por alguna de las heridas en particular, sino por todas juntas, en medio de incalculables dolores.


Probablemente así se fue Benedicto XVI; no fue una sola aguja, sino todas al mismo tiempo las que finalmente desangraron su reinado. 



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