jueves, 14 de marzo de 2013

Oratoria vs balas. El discurso que le salvó la vida a Juárez

¿Pueden las palabras detener las balas? ¿Pueden las palabras solas enfrentarse a un batallón armado? Pues sí. Hay ocasiones en que en efecto, la pluma, es más fuerte que la espada. Como el discurso que le salvó la vida al presidente Juárez cuando ya lo iban a matar. ...y no lo dió él.



Benito Juárez, el Benemérito de las Américas

Luego de un golpe de estado contra sí mismo, en enero de 1858 en México (¿En dónde más que en México un presidente da un golpe contra sí mismo?), el presidente Ignacio Conmonfort quedó fuera del cargo. Constitucionalmente, el cargo recayó en el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Benito Juárez.
Benito Juárez era liberal, y los golpistas, los conservadores, se dieron a la tarea de cazar al nuevo presidente para acabar con él y consolidar la asonada.
Sólo que los conservadores, formados principalísimamente por el poderoso clero, contaban con todos los recursos económicos, y los liberales... bueno, ellos tenían la justicia de su lado. Sólo que la justicia no puede detener las balas... o eso parecía, hasta los acontecimientos que ocurrieron dos meses más tarde.


Juárez formó rápidamente un nuevo gabinete y decidió transladarse a algún estado (en otros países llamados provincias o departamentos) que permaneciera fiel al régimen constitucional; por lo que fué a la ciudad de Guadalajara, en el estado de Jalisco.
En la ciudad, un general llamado Parrodi aseguró al nuevo Presidente que no tenía de qué preocuparse, pues él y sus fuerzas se dirigían a Salamanca a enfrentar al ejército conservador, y lo destrozarían. En efecto, la batalla tuvo lugar el 11 de marzo. Pero el resultado fue muy distinto: Parrodi sufrió una desastrosa derrota, que le obligó a huir en desbandada con apenas 2000 hombres.



Las noticias del hecho llegaron rápidamente a Guadalajara, y la conmoción se apoderó de la ciudad.
Pero el clero de Guadalajara, feliz por la derrota liberal, no durmió esa noche; se movilizaron; hablaron con sus leales, sobornaron a los indecisos, coptaron a la tropa del palacio de gobierno y finalmente, el día 12, liberaron a los presos de las cárceles, para que nutrieran la tropa conservadora.
Así, comenzaron una asonada, tomando el palacio de gobierno de Guadalajara, y apresando al Presidente Juárez.



Catedral de Guadalajara. Aquí se planeó el golpe.

Pero vencidos y todo, los restos de las tropas de Parrodi regresaban a Guadalajara, y eran más que suficientes para doblegar ese motín; por lo que empezó a nacer la inquietud entre los golpistas, quienes le pidieron a Juárez que les concediera un salvoconducto y pudieran escapar. Pero Juárez, inmutable, les contestó que, puesto que estaba preso, no tenía ningún poder; y se negó.
-Pero.. ¿Y si los mato a todos ustedes?- Increpó el jefe se los gavilleros.
-¡Hagan ustedes lo que les plazca!- contestó Juárez, y les dió la espalda.
Los rebeldes se enfurecieron y se armó el revuelo. Intervino el gabinete de Juárez, y parlamentaron; en último caso, los rebeldes ya tenían listo el pelotón de fusilamiento. Finalmente, se convino una tregua.
El estira y afloja continuaba, cuando el día 13 de marzo se anunció que las tropas de Parrodi estaban ya cercanas.


El poeta y escritor Guillermo Prieto, miembro del gabinete de Benito Juárez.
Entonces cundió la desesperación. A los rebeldes les urgía irse, pero sus jefes no querían dejar escapar la presa. Cuando ya se aprestaban los amotinados para huír, un cura, inflamado en odio y desesperación, ordenó a sus esbirros: ¡A Juárez, a Juárez!.
Y el grupo se dirigió a las habitaciones donde estaba preso el Presidente y su gabinete. Benito Juárez se adelantó a la puerta y la abrió.
Él sabía que sería ejecutado ahí mismo. Esperando la muerte, se tomó del pomo de la puerta, hizo atrás la cabeza y esperó.
De algún lugar se oyeron las voces de mando:
-¡Al hombro! ¡Preparen! ¡Apunten!...
Y entonces se adelantó Guillermo Prieto, un miembro del gabinte, interpuso su cuerpo entre el pelotón y Juárez y gritó, tan fuerte que ahogó la voz de ¡fuego!:

-¡Alto! ¡Los valientes no asesinan!-

Los soldados se detuvieron. Prieto, que era poeta y escritor, no era, sin embargo, muy elocuente... pero en ese momento comenzó a hablar y a hablar. El propio Prieto después escribiría que no recuerda exactamente de qué, pero habló. Habló sobre el bien y sobre la justicia. Siguió hablando y encaró a un viejo de barba que les apuntaba y le dijo:
-¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía! - y se puso el fusil en el pecho. El de la barba bajó el arma y el resto de los soldados lo mismo.
Prieto entonces vitoreó a Juárez y sus compañeros de gabinete lo siguieron. Terminó vitoreando a Jalisco. Los soldados lloraban, y protestaban que no los matarían. Se retiraron.
Guillermo Prieto acababa de salvar la Reforma, la Constitución y al movimiento liberal... acababa de salvar a Juárez.
A la postre, los liberales terminaron triunfando. Sin la gigantesca figura de Juárez, esto no habría sido posible. Pero a su vez Juárez no habría sobrevivido sin la inesperada, inspirada elocuencia de un poeta. 
Parece que de vez en cuando, la justicia sí detiene las balas.





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