martes, 21 de agosto de 2012

Bendita Ignorancia

Añade el hombre conocimientos a conocimientos: nunca el saber es bastante. Si tanto es uno más hombre cuanto más sabe, el más noble empleo será el aprender.
Baltasar Gracián y Morales


Para todos, especialmente para los que tienen al menos unas gotas de filosofía corriendo por su espina dorsal, parece claro: ser humano debe buscar el conocimiento siempre. Saber siempre es bueno. ¿Es así? ¿Siempre es bueno saber?




Había una charca en donde vivían felices todos los animalitos que pueden habitar una charca: ranas, libélulas, mosquitos y moscardones, abejas, ajolotes, lagartijas y demás creaturas de la humedad. Y aunque los animales libres tienden a ser felices, éstos lo eran especialmente, debido a que todas las noches celebraban un singular festín; las libélulas zumbaban, las ranas croaban, y las abejas tocaban las flores como trompetas.


El resto de los habitantes se unía a esta orquesta animal, y tocaban hermosas melodías. Pero la parte principal del espectáculo era el ciempiés, que bailaba con todos sus pies.
Se ponía en la hoja en medio del estanque, y comenzaba una increíble danza con sus cien pies a la vez.
Todos los animales quedaban fascinados, y no se cansaban de verle noche tras noche, pues el ciempiés improvisaba un baile distinto en cada ocasión.

Era hipnotizante ver el ritmo, el equilibrio, la coordinación perfecta, de esos cien pies, moviéndose al unísono, en increíble armonía.
Por lo tanto, el ciempiés era el huésped más querido y admirado en la charca entera; por todos, excepto por uno.
Ese que no quería al ciempiés, y más exactamente, que lo odiaba, era el sapo.


Odiaba al ciempiés porque él no sabía hacer nada. El sapo no croaba, como las ranas. No recitaba ni componía. No sabía tocar ningún instrumento; ni siquiera palmear; ya no digamos bailar.
Y la molestia que sentía por esa situación se convirtió en envidia, y finalmente, en odio.
De buena gana se hubiera comido al ciempiés para terminar con su irritante baile; o también  hubiera podido aplastarlo "accidentalmente"; pero habría sido muy mal visto por el resto del vecindario, y probablemente lo echarían de la charca.


Así que necesitaba un plan para acabar con el ciempiés, sin que lo culparan. Y pasó días y noches pensando y pensando. Nada era adecuado. Parecía que nunca lo lograría. Hasta que una mañana, en el oscuro agujero en el que vivía, se le ocurrió la idea durante el desayuno; era eficiente, era sórdida, era malévola: era perfecta.
Rápidamente, puso en marcha su maquiavélico plan.
Tuvo que esperar, con cierta impaciencia y deleite, que pasara el día.
Llegó la tarde e inevitablemente, la noche; y con ella, el odioso momento del baile nocturno.


Para desconcierto de sus vecinos, esta vez el sapo se acercó mucho en la orilla para contemplar el baile. Temiendo lo peor, las ranas se colocaron por los alrededores, poniendo un ojo en el baile del ciempiés y otro en el sapo; cosa para la que estaban magníficamente adaptadas, pues los ojos de las ranas, como sabemos, pueden apuntar a lugares distintos a la vez.


El sapo miró y miró las magníficas evoluciones del ciempiés. Su espontaneidad y gracia eran inigualables.Y en esta ocasión, a diferencia de las incontables veces anteriores, incluso disfrutó del baile. Porque sabía que era el último.
Terminó el baile. El sapo simplemente saludó al ciempiés, incluso lo felicitó, y se fué. Todos los animalitos pensaron que finalmente, el sapo había comprendido la maravilla que implicaban las actuaciones del ciempiés, y terminó, naturalmente, rindiéndose a ellas.
Mas en la noche, en la soledad de su agujero, al fin pudo el sapo concretar su plan.


Llamó por teléfono a la casa del ciempiés; quien acababa de cenar. Él en persona contestó.
-¿Si, diga?
-¡Buenas noches, don Cienpiés! Habla su servidor, don Sapo
-¿Don Sapo? Vaya! Es... una sorpresa. ¿En qué puedo ayudarle?
-Seré directo, don Cienpiés. Siempre he sido un gran admirador suyo; y he seguido con gran... interés todas sus presentaciones en la charca. Usted es el más grande artista que jamás ha conocido esta charca.


-¡Caray! Pues es... un honor, don Sapo. le agradezco sus palabras.
-...y debido a eso, quisiera pedirle un gran favor...
-Usted dirá. Si está en mis manos, o mejor dicho, en mis cien pies, jeje, con gusto...
-Precisamente se trata de sus pies; el favor es que quisiera ser su alumno. Quiero bailar y quizás aparecer por ahí, en el fondo, en alguna de sus magníficas actuaciones.
-Bueno... creo que podríamos hacerlo...-dijo el Ciempiés-
-¡Magnífico!- exclamó el Sapo- para tal efecto, quisiera conocer más sobre su método de baile. ¿Podría aclararme una duda que siempre he tenido: mueve primero el pie derecho número 28 y después el izquierdo 67? ¿O más bien los pies derechos 12 y 70 y luego los izquierdos 16 y 50?
Esta pregunta tomó completamente por sorpresa al Ciempiés. "¿Qué hago cuando bailo? ¿Muevo el pie 33...? ¿o mas bien el 34? o..."

El Ciempiés, que en realidad jamás se había puesto a pensar en cómo bailaba, comenzó a cavilar. Siempre había bailado espontáneamente, simplemente dejándose llevar por la música y el ritmo. Ahora que lo pensaba... ¡No sabía que hacía exactamente cuando bailaba! Lo cual, continuando el pensamiento, sigificaba... ¡Que en realidad no sabía bailar!
El Ciempiés apenas pudo farfullar una disculpa y colgó el teléfono.
Siguió pensando y pensando. Nunca pudo bailar de nuevo. El sapo triunfó.



En general, el conocimiento, y la reflexión nos hacen mejores. Pero hay ocasiones en que pensar demasiado no es tan bueno. Simplemente hay que hacer las cosas o disfrutarlas. Sin preguntas. Sin pensar. Un toque de misterio, unas gotas de ignorancia no vienen mal.

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