jueves, 7 de junio de 2012

Jugar por jugar

El hombre fue creado para jugar: fue el pecado original el que lo condenó a trabajar. 
Claude Aveline


El lugar estaba lleno hasta las lámparas. Aficionados, jugadores, árbitros y la prensa nacional e internacional miraban con expectación. No era para menos; ese partido decidía el campeonato de ajedrez de la capital del ajedrez mundial: Cuba.



El campeón defensor, el maestro Juan Corzo, sorprendentemente, está a punto de perder ante el retador.
Resultado previsible, pues el nivel de juego del retador es altísimo. ¿Entonces, porqué lo sorprendente?: porque el retador tiene sólo 13 años recién cumplidos.
Se trata de el mejor jugador natural de ajedrez de todos los tiempos; el mítico José Raúl Capablanca.

Capablanca a los 6 años, junto a un tablero.

Su leyenda comienza cuando tenía cuatro años, en 1892. Su padre, un militar español avecindado en Cuba jugaba al ajedrez con un amigo. El pequeño Capablanca entró casualmente a la sala; vió el tablero y las atractivas y múltiples figuras colocadas en él: las misteriosas piezas del ajedrez. Sintió gran atracción por ese juego que jamás había visto, y se quedó, en silencio, mirando la partida.
Al día siguiente, se realizó otro juego, y el niño regresó a ver de nuevo; siempre sin decir una sola palabra, ni que nadie le dijera nada a él. Sólo miraba.


El niñoa Capablanca, a los 4 años.

Finalemente, el tercer día, hubo una partida más. De nuevo el niño Capablanca se acercó a observar. En un cierto momento de la partida, el padre hizo una tirada con su caballo, y Capablanca comenzó a reírse.
El padre le preguntó cuál era el motivo de aquella risa.
-El caballo, padre; tú no puedes hacer eso- La tirada que acababa de hacer, inadvertidamente, era incorrecta, ilegal; y el pequeño se dió cuenta. Acto seguido, les explicó en dónde estaba el error.
El padre se sorprendió, y le preguntó al niño qué sabía él de ajedrez. El pequeño replicó que le podría ganar una partida; lo cual el padre consideró imposible; seguramente ni siquiera sabía colocar las piezas.
A fin de dar una lección de humildad al niño, jugaron; e increíblemente, el niño de cuatro años venció a su padre. Jugó incluso contra el amigo de su padre, y también le ganó.

Capablanca jugando contra su padre. Está tan pequeño, que apoya sus pies contra un tabique.

El padre de Capablanca lo llevó entonces al Club de Ajedrez de la Habana, que como decíamos, era entonces la capital mundial del Ajedrez. Los más grandes campeones la visitaban, y participaban en torneos o hacían juegos de exhibición en el Club.
En los siguientes años, el pequeño Capablanca ya vencía a los más fuertes jugadores del Club.

Capablanca Jugando simultáneas. (modalidad en la que una sola persona juega contra 2, 3, 5, 10, o más personas)

Finalmente, teniendo 12 años, 11 meses y 27 días cumplidos, Capablanca comenzó el match (serie de juegos) por el campeonato nacional de Cuba. Como decíamos al principio, el niño Capablanca se enfrentaba al entonces campeón Juan Corzo. El primer juego lo ganó Corzo. El segundo, jugado precisamente el día del cumpleaños de Capablanca, también lo ganó Corzo. Como si esto hubiera sido un ultraje, Capablanca ya no le dejó ganar ninguno más. Vinieron tablas (empate) y al fin victoria de Capablanca. Más tablas, y dos victorias al hilo de José Raúl. Más empates, y el juego definitivo. Si Capablanca ganaba, sería inalcanzable ya para Corzo. Y lo logró. La hazaña estaba consumada: este Mozart del ajedrez era campeón nacional de Cuba a los 13 años. Y todavía hoy es el más joven en conseguirlo.

Representación del juego Corzo-Capablanca, con piezas humanas.
Continuó su carrera en EEUU, donde creció su fama en el Manhattan Chess Club. En 1906, a los 18 años, vence al campeón mundial Emanuel Lasker en un torneo.
La popularidad de este genio era avasalladora. y es que además, es dueño de un increíble carisma: bebe, enamora mujeres, parrandea, y se presenta sin embargo al día siguiente a ganar juegos de ajedrez; es un exótico adolescente latin lover intelectual.

Capablanca joven.
El campeón estadounidense, Marshall, picado por la curiosidad, reta al adolescente a un match; jugarían por 600 dólares de bolsa. El joven Capablanca sólo puede reunir la mitad. (todavía no se estilaba el apoyo de patrocinadores) Marshall acepta, y se lleva a cabo el match. Capablanca lo aplasta con un inmisericorde 8 ganados, 1 perdido y 14 empatados. Por haber vencido al Marshall, le corresponde el título de Campeón Nacional de EEUU. Pero surgen objeciones, pues no es estadounidense. Entonces, Capablanca se proclama Campeón Panamericano.

Foto, autógrafo y sello postal de Capablanca, el primer jugador de ajedrez del mundo en tener su sello postal.
 Marshall resulta ser un competidor deportivo, y no sólo toma a buen talante la derrota; recomienda que se acepte a Capablanca en el gran torneo Internacional de San Sebastián. Para valorar este torneo: en ausencia de un Campeonato Internacional formal como el que hoy existe, el torneo de San Sebastián era considerado el Mundial del ajedrez de 1911. Asistieron los mejores jugadores del mundo, exceptuando sólo al campeón.




Casino de San Sebastián, donde se llevó a cabo el torneo.
De hecho, varios de estos grandes maestros impugnaron la inscripción de un desconocido como Capablanca, especialmente Bernstein y Nimzovich, que declararon públicamente que era una mera construcción del márketing norteamericano, sin mérito alguno para jugar. Y había algo de razón en sus palabras: Capablanca era famoso, pero sólo había ganado el Campeonato Cubano y el polémico Título Panamericano, y no tenía ningún otro palmarés; mientras que los participantes en el Torneo de San Sebastián eran exclusivamente grandes maestros.

Los participantes del torneo de San Sebastián; foto conmemorativa.

Sin embargo, la insistencia y recomendación del Marshall lograron que se le permitiera jugar.
En la primera ronda, la suerte quiso que a Capablanca le tocara jugar precisamente contra su principal detractor, Bernstein. Era hora de ajustar cuentas. Y Capablanca lo hizo; en una brillante partida, que luego obtendría el premio a la belleza, venció a Bernstein, que luego declaró. "no me sorprendería que este joven ganara el torneo". Y lo ganó; para la sorpresa mundial. A partir de entonces, Capablanca estuvo considerado entre los grandes.
Finalmente, en 1921 Capablanca vence a Emmanuel Lasker, y se convierte en Campeón Mundial, título que conservaría sin perder una sola partida, hasta 1927. Era tal su aura de invencibilidad, que se le apodaba "la máquina del ajedrez". Salvo que Capablanca era el exacto contrario a una máquina; si hubo alguien que sintiera, viviera, y disfrutara del ajedrez, ese fue Capablanca. Además, contagiaba ese sentimiento.

Extraña partida de ajedrez con piezas humanas. Al fondo, Capablanca juega contra otro gran maestro. Sus tiradas se reproducen en el tablero humano.
Y ese sentimiento ha trascendido los años. Hasta hoy, se sigue jugando el prestigioso Torneo Capablanca in Memoriam; y el mejor elogio que se le puede hacer a un ajedrecista es: "jugaste como Capablanca", para denotar una tirada llena de belleza e ingenio.
¿Pero porqué continúa la fascinación por Capablanca, a pesar de los años transcurridos? Otros jugadores han logrado a edad más temprana ser Grandes Maestros, como Serguéi Kariakin, que lo logró a los 12 años; y otros lograron retener el título más tiempo, como el soviético Karpov, que lo tuvo un total de 16 años...
Probablemente el encanto de Capablanca es que representa al jugador natural; al talento puro. ¿No les mencioné? Además de parrandear y beber, Capablanca no tenía tablero de ajedrez en su casa; y jamás estudiaba ajedrez. Si en cualquier deporte, estudiar las estrategias y planear las jugadas es vital, en el ajedrez es indispensable para cualquiera... excepto para Capablanca.


Y es que Capablanca pertenece a esa mítica raza de deportistas que jugaban más que nada... por jugar. Les encantaba lo que hacían y disfrutaban con ello. Vivían de eso, sí, pero el dinero era secundario, o terciario. El deporte todavía no se convertía en el atado de intereses, patrocinadores, imposiciones y materialismo que hoy lo rige. La época de Capablanca era también la de Baby Ruth, el mejor jugador de beisbol de todos los tiempos, el cual también era famoso por beber, parrandear y nunca entrenar; la época de Amundsen, que conquistó la Antártida, sólo por el placer de hacerlo primero, o de Lindbergh, que cruzó el Atlántico nada más por demostrar que se podía.

Charles Lindemberg, primero en cruzar el Atlántico en vuelo solitario.

Grandes hazañas, hechas sólo por jugar. Y por eso las sentimos más grandes aún, porque al ser sólo jugando, son también más puras.
Claude Aveline, tenía razón... y es que ¿Qué otra cosa podían hacer Adán y Eva en el paraíso si no jugar?
Por eso era el paraíso.


Tumba de Capablanca... obvio, con una pieza de ajedrez.



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