sábado, 5 de mayo de 2012

El conspicuo arte de la estafa

Para nadie es secreto que muchas grandes fortunas se han amasado gracias a la credulidad de unos y la falta de escrúpulos de otros, siempre dispuestos a arrebatarles sus posesiones a los primeros.
Esto ha pasado siempre.


En 1872 el financista estadounidense Asbury Harpending recibió un telegrama mientras hacía negocios en Londres; venía nada más y nada menos que del respetable y ultra-rico dueño del banco de California, William C. Ralston. La noticia: ¡Habían descubierto diamantes en el Oeste de los EEUU!
Al principio Harpending tomó como broma el asunto; como recientemente se habían descubierto diamantes en Sudáfrica, la gente quería más hallazgos.

El financista Asbury Harpending

Pero por otro lado, cuando se descubrieron yacimientos en California, nadie tomó muy en serio la situación, y resultaron ser -literalmente- minas de oro para los que aprovecharon la oportunidad.
Harpending compartió la noticia con su amigo el barón Roschild -el hombre más rico del mundo-, comentándole su escepticismo.
-"No esté muy seguro; Estados Unidos es un país muy grande, y ya antes le ha dado otras sorpresas al mundo; quizás tenga reservadas otras más".
Harpending tomó el primer barco hacia EEUU.

El hombre más rico del mundo,el  barón Roschild

Al llegar a San Francisco, California, pudo notar la emoción en el ambiente, semejante a a la de la época de la Fiebre del Oro en los 40s.
Gracias a sus múltiples contactos, se informó rápidamente de la situación.
Dos veteranos y rústicos buscadores de oro, Philip Arnold y Jonh Slack, habían hecho el sensacional descubrimiento de la mina de diamantes en algún lugar no revelado entre California y Nuevo México . Para asegurarse, llevaron allá a un reconocido experto en minería -cuidando de dar muchos rodeos para que el experto no supiera dónde estaba la mina- desenterraron ante él varios diamantes, y el experto las llevó a valuar con varios joyeros. Fueron tasadas hasta en 1.5 millones de dólares.

El agrestre territorio entre California y Nuevo México

Harpending y Ralston olieron la oportunidad: si jugaban sus cartas correctamente, podrían hacerse de esa mina, y del negocio de los diamantes en los EEUU. Se comunicaron de inmediato con los mineros Arnold y Slack: querían hacer negocio con ellos y los invitaron a ir a Nueva York, para que el famoso joyero Charles Tiffany valuara las joyas.
Los veteranos mineros, sin embargo, mostraron recelos: sospechaban una trampa de esos señoritingos ricos; con enredos, les querrían quitar su mina.
El pez se quería escapar, y Harpending y Ralston no estaban dispuestos a dejarlo ir. Tranquilizaron a Arnold y a Slack dándoles 100,000 dólares y depositando 300,000 más a nombre de ellos; y si el negocio se realizaba, les darían otros 300,000.

Interior de la afamada Joyería Tyffanis de Nueva York en el siglo XIX
Ya en Nueva York, se hizo una reunión para valuar las joyas. Esta se realizó en la elegante mansión del millonario Samuel L. Barlow; y estaba presente lo más destacado de la alta sociedad neoyorkina: Además de Harpending y Ralston, estaban el joyero Charles Tiffany, Horece Greetley, editor del New York Tribune, el general George McLelan comandante del ejército de la Unión en la guerra civil; y otros distinguidos -y acaudalados- personajes; todos, menos Arnold y Slack; no porque no los invitaran, sino porque habían decidido ir a conocer Nueva York.

Nueva York en el siglo XIX. Tal vez valía la pena conocerla.. o tal vez no.

Tiffany examinó los diamantes, y dió su veredicto: en verdad valían una fortuna; pero era necesario asegurarse que la mina fuera tan rica como parecía. Para tal fin, un experto elegido por ellos debería ir en persona a asegurarse.
Se lo dijeron a los mineros, que seguían recelosos; pero al fin aceptaron. En lo que se hacían los arreglos necesarios, ellos regresarían a San Francisco.
El geólogo Luis Janin, el mejor experto en minería de EEUU fue el encargado de verificar la riqueza de la mina. Junto a él, viajaron el mismo Harpending en persona y otros inversionistas. Fueron llevados de nuevo por caminos sinuosos de tal manera que no supieran la ubicación de la mina, y al fin, comenzaron las pruebas. Durante una semana se excavó y se extrajo mineral. Nuevamenta hallaron diamantes, más esmerladas, rubíes y zafiros.


Al final de la investigación, Janin estaba convencido, y así se los hizo saber después: esa mina era probablemente la más rica de la historia, y con cien hombres y maquinaria, podrían extraer un millón de dólares de diamantes al mes.
Harpending y sus asociados no cabían en sí de la emoción. Rápidamente formaron una compañía de inversión, con un capital de 10 millones de dólares iniciales, en la que participaron muchos de los más acaudalados financistas, banqueros y aristócratas de la época.
Sólo tenían un par de obstáculos en el camino: debían deshacerse de Arnold y de Slack, consiguiendo que les vendieran los derechos de explotación de la mina ; y deberían cambiar la legislación federal para poder realizar legalmente tal transacción. No había problema; el congresista Benjamin Butler -otro inversionista- lograría cambiar la legislación; cosa que rápidamente logró. Sólo quedaban Arnold y Slack. No parecían problema.

El congresista Benjamín Butler
Les dijeron a los mineros que no creían en el dictamen del experto, y que probablente la mina no produciría tanto como éste aseguraba; pero aún así se arriesgarían comprándoles la mina.
Arnold y Slack se enfurecieron; pero Harpending y Ralston, expertos en el arte de enredar a la gente, hablaron y hablaron, exponiendo mil razones, explicando todos los gastos, peligros y esfuerzos que se necesitarían para hacer funcionar la mina; también les explicaron que los avariciosos banqueros de la ciudad pronto hallarían la manera de despojarlos mediante artimañas y ellos terminarían quedándose con las manos vacías; y que por lo tanto, lo mejor que podían hacer era aceptar los 700,000 dólares que ya habían recibido; cantidad que para la época era exorbitante.
No muy convencidos, pero aturdidos por la hábil  verborrea de los financistas, finalmente Arnold y Slack aceptaron vender la mina por 700,000 dólares.

Mapa con la posible ubicación de la mina.
Luego de firmar los papeles de cesión de derechos, de mostrar en un mapa la ubicación de la mina, y de recibir su cheque, prácticamente fueron sacados a patadas del banco y no quisieron ya saber nada de ellos.
Semanas después, luego de haber amueblado lujosas oficinas en San Francisco y de haber comprado cientos de miles dólares en maquinaria de excavación, el equipo de explotación de los financistas llegó a al mina.
Comenzaron a cavar... y siguieron cavando... y no encontraron nada. Desesperados, continuaron la excavación varios días más, pero al final, cayeron en cuenta: la fabulosa mina más valiosa de la historia no valía nada; no tenía diamantes ni jamás los tuvo.  Dos rústicos y desconocidos mineros habían conseguido estafar a los hombres de negocios más inescrupulosos y avezados del siglo XIX.

Actuales ruinas de la fabulosa mina de los diamantes
¿Cómo demonios lo consiguieron?
Para mayor pasmo, es necesario saber que no se sobornó a nadie: los expertos eran reales, y los joyeros consultados dieron sinceras valuaciones de los diamantes.
La estafa se desarrolló así:  Arnold y Slack compraron diamantes con el dinero que habían ahorrado de sus  años como gambusinos. Los sembraron en la mina, y llevaron al primer experto a ella, quien creyó que los diamantes eran extraídos por primera vez de la tierra. Cuando llevaron a valuar las gemas, los joyeros se dejaron llevar por el entusiasmo, -incluso el mismísimo Charles Tiffany- y sobrevaluaron las joyas. Cuando los financistas les informaron que querían hacer una nueva inspección, Arnold y Slack se "adelantaron para ir a San Francisco",  pero en realidad fueron a Europa a comprar diamantes y gemas en bruto con los 100,000 dólares que les habían dado los financistas, y posteriormente las plantaron en la mina.

Gambusino buscando oro. Siglo XIX
Cuando el segundo experto llegó, llevado por la inercia, también testificó la riqueza de la mina. Y al final, cuando Harpending, Ralston y Tyffani proclamaron la noticia e invitaron a sus pares millonarios a invertir, nadie los cuestionó... era como poner en duda a las mentes financieras más astutas del siglo XIX.
Y para acabar, la transacción era perfectamente legal; los financistas no compraron diamantes, sino los derechos sobre la mina, lo cual tenían; si la mina se había agotado, era culpa de los expertos.
Una obra maestra de la estafa.

Epílogo:
Al ser legal su estafa, los "rústicos mineros" Philip Arnold y Jonh Slack no tuvieron que ocultarse. Con sus 300,000 dólares, Arnold se retiró y compró una granja, en donde vivió tranquilamente hasta el fin de sus días. Con su parte, Slack compró un banco y no se sabe muy bien qué fue de él después.
Harpending nunca se recuperó del golpe.

Caray, ya no se puede confiar en nadie.


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