lunes, 30 de mayo de 2011

La pelota no se mancha, pero sí se ensucia.

"La pelota no se mancha" 
Diego Armando Maradona

El campo de los sueños
Esta frase y este personaje que reconocerán todos los que gustan del futbol -que son legión- me vinieron a la mente luego de rever la famosa cinta "El campo de los sueños", de Kevin Costner. No les contaré la trama, pues creo muy recomendable la visión de esta película, pero sí les contaré la historia de un personaje que aparece en ella; y que me hizo pensar: la pelota se ensucia, ciertamente, pero se puede llegar a limpiar. Esta historia, decíamos, tiene que ver con cuán diferente vemos la honradez los latinos y los sajones, y con un jugador de beisbol real, llamado Joe Shoeless (descalzo) Jackson. Joe era -y sigue siendo aún día- uno de los jugadores más famosos y queridos que el beisbol ha tenido, además de ser de los mejores: su promedio de bateo es el tercero más alto en toda la historia de las grandes ligas. El jugó de 1908 a 1920, así que esa marca lleva casi 100 años sin poder ser superada. Era un gran jugador, y un ejemplo, incluso para el más grande jugador de todos los tiempos, Babe Ruth, quien aseguró haber mejorado su bateo gracias a Shoeless.
Joe "Shoeless" Jackson al bat
Pero llegó la desgracia.
En 1919 el equipo de Joe, los medias blancas de Chicago, llegaron como los amplios favoritos a la gran final de las ligas mayores, la serie mundial. Su rival eran los rojos de Cincinnati, y las apuestas marcaban prácticamente como segura una victoria de Chicago (como si jugaran España contra Nueva Zelandia en futbol).
El dueño de los medias blancas, Charles Comiskey, fue uno de los más repulsivos y tramposos tacaños que hubo jamás. En una ocasión, prometió un bono de $10,000 a un pitcher si llegaba a ganar treinta juegos en la temporada. Al llegar el pitcher a 29 victorias, Comiskey lo mandó a la banca, aunque faltaban 2 semanas para terminar la temporada, con tal de no pagar el bono. Explotaba (sí, en ese entonces había jugadores profesionales explotados) a sus jugadores pagándoles sueldos míseros aunque en el resto de los equipos los sueldos fueran mucho más elevados, y a pesar de que su rendimiento era excepcional.
Con un dueño así, es claro que la fidelidad de los jugadores no era mucha, y cuando un apostador les ofreció jugosas ganancias si vendían la serie mundial, dejándose derrotar, los tentó.
Como se trataba de un equipo, es claro que hubo debates entre los medias blancas, pues cada cabeza es un mundo. Hubo reuniones para pensar qué hacer. Se discutía; se hablaba. Al final, cada uno tomó su decisión: 7 jugadores aceptaron. Joe Shoeless Jackson y otro rechazaron hacerlo. Aunque Shoeless rechazó hacer trampa, un equipo se compone de 9 jugadores, y finalmente es eso, un equipo; así que, a pesar de que en esa serie mundial la actuación y los números personales de Joe fueron muy buenos, el resto del equipo logró perder la serie de manera sorpresiva, para consternación del mundo beisbolero.
La serie mundial de 1919 terminó; pasaron unos meses, y la temporada siguiente comenzó; pero las sospechas y acusaciones seguían, y crecían. El clamor popular fue tanto, que el gobierno tomó cartas en el asunto, y un gran jurado se formó para esclarecer el caso. Se presentaron pruebas, y testimonios, y una profunda investigación se llevó a cabo. Al final del juicio, se declaró inocentes a todos los jugadores implicados.
El niño George Washington
cortando el árbol de cerezas
A pesar del fallo, la credibilidad del beisbol seguía seriamente afectada, y en creciente disminución. Y aquí viene una situación muy importante: el pueblo norteamericano (por lo menos el de aquella época) adoraba el beisbol y odiaba la deshonestidad en sus figuras públicas. Les gustaba pensar que su país había sido fundado por héroes que buscaban la libertad y la verdad. Por ejemplo, su principal héroe, George Washington, lo es porque, sin ser el mejor estratega, o el más valiente, o ni siquiera el más sagaz, fue en cambio conocido como el más honesto.
Por eso la gente no perdonaba al beisbol, acusado de deshonestidad, y comenzaba a alejarse de los estadios. Así que, no tanto movidos por un sentimiento ético, sino más bien económico, los dueños se vieron obligados a crear la figura del comisionado de beisbol; a el comisionado le cedieron todo el poder real de arbitraje y decisión en cuanto a aplicación de las reglas, contratos, medios, comunicación y marketing. Así, aunque la credibilidad de los dueños era nula, la del beisbol se podría rescatar, mediante un dirigente independiente de los dueños, con poder sobre ellos, y sobre todo, reconocidamente honesto.
Faltaba buscar a alguien de trayectoria impecable. Lo había.
El juez Kenesaw Mountain Landis era célebre por su honestidad extrema; se hizo famoso por su actuación en el juicio antimonopolio contra la mismísima y poderosa Standard Oil, propiedad del hombre más rico del mundo en ese entonces, Rockefeller.
El general mexicano Álvaro Obregón alguna vez dijo cínica pero certeramente: "Ningún general resiste un cañonazo de $100,000 pesos". Yo agregaría: "y pocos jueces"...  Pues Mountain lo hizo.  Rockefeller intentó sobornarlo con uno, dos o diez cañonazos para que lo favoreciera; pero el juez se mantuvo recto, y emitió su fallo contra la poderosa compañía. La reputación de Kenesaw como incorruptible estaba establecida; era la persona idónea para el nuevo puesto de comisionado. Y para regresarle la credibilidad al beisbol.
El juez K.M. Landis lanzando la primera bola de un juego.
El juez Mountain toma el cargo, y su primer trabajo es el escándalo de la serie mundial. Declaró:
Independientemente del veredicto del jurado, un jugador que arregle un juego de pelota, un jugador que acometa o se comprometa a arreglar un juego de pelota, un jugador que se sienta en confianza con un montón de apostadores y jugadores corruptos, donde los medios de arreglar un juego se discutan y no acuda con prontitud a denunciar a su club sobre este arreglo, nunca jugará beisbol profesional.

Y tomó la determinación, a pesar de que habían sido declarados inocentes por un jurado, de suspender definitivamente a todos los jugadores implicados; aún a los que rechazaron el trato con los apostadores, por no haber avisado a su club. Y así, Joe Shoeless Jackson, ídolo y amado entre la gente, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos (recientemente nombrado el 35o mejor en la lista de The Sporting News), fue separado del beisbol y del salón de la fama.
Nixon en portada de revista.
 Con toda la doble moral que esto pueda implicar, a sus deportistas y líderes, el norteamericano puede perdonarles todo: escándalos sexuales, asesinatos, hasta genocidios, pero no la deshonestidad. El único presidente norteamericano obligado a renunciar, Nixon, lo hizo no por haber espiado a sus enemigos de partido, sino por haberle mentido al jurado que le preguntó al respecto. Este "culto" norteamericano a la justicia puede ser relativo (en el escenario internacional es muy distinto); pero dejando lo polémico de lado, analizemos lo siguiente: a los gringos lo que más les importa es la honestidad y la justicia en su deporte, así que implementan constantemente medidas que eviten o minimicen el error del juez, mediante cámaras, repeticiones televisivas, múltiples árbitros, medidores electrónicos, etc. Y en lo administrativo, el que dirige las diferentes ligas profesionales es un comisionado, no los dueños; dándole transparencia y "garantía" de honestidad a las decisiones que se tomen.
El actual dictador dirigente de la FIFA, J. Blatter
Y llegamos al motivo del epígrafe del principio: "la pelota no se mancha"; el futbol contrasta grandemente con el beisbol en cuanto a procuración de la justicia. En lo administrativo, hay un solo dirigente tiránico, que suele reinar durante años, imponiendo su ley a todo el mundo del futbol: jugadores, dueños, y medios. En este momento ese puesto lo ocupa Joseph Blatter. Y en contraposición al beisbol, los escándalos de corrupción no mellan ni a la dirigencia, ni la asistencia a los estadios. Blatter será elegido de nuevo a otro período, sin oposición, pues las acusaciones de compra de votos no parecen importar.  Este autoritarismo e impunidad ante cualquier acto se refleja en los procuradores de justicia en el campo de juego: los árbitros. Un solo hombre es la autoridad inapelable, y como los papas y reyes, infalible, en el sentido de que sus decisiones no se pueden revisar o cambiar; en un deporte cada vez más dinámico, sus decisiones son cada vez más controvertidas y erradas; pero no se contemplan cambios para mejorar la justicia de los fallos arbitrales. Aparentemente, el futbol es un éxito en países donde la justicia no está entre los conceptos más importantes. No estoy diciendo que sólo en EEUU les importe la justicia y a los países futboleros no; estoy diciendo que en EEUU tienen en primer lugar entre sus aspiraciones y valores el de que se haga justicia. Lo que es justo para un norteamericano, ya es un tema muy distinto y discutible, pero les importa mucho la idea de que se haga justicia. Así, si en EEUU te cachan fornicando en la calle se arma un escándalo, pero sales absuelto pues no es tan grave, como si te cachan robando; en cuyo caso la dureza de la ley y el descrédito son mucho mayores. En México (quizás en latinoamérica; quizás entre los países futboleros) la justicia y la honestidad son conceptos secundarios; no significa que no se manejen o se busquen, pero no son los conceptos más importantes; hay otros antes; "Deshonra no es robar, sino que te cachen haciéndolo" dice un refrán popular. Un político acusado de corrupción no se verá en demasiados problemas. En el futbol, no es muy distinto: se tienen como divertidos, incluso como ejemplares casos de deshonestidad hartera, como "la mano de dios", la coronación de Inglaterra en la final del 66, etc.
El gol de la "mano de dios"; Maradona
salta y mete el gol con la mano.
En el beisbol y especialmente en otros deportes hay múltiples jueces y se ha permitido el uso de la tecnología moderna para evitar injusticias en las apreciaciones de los jueces. En el futbol, la FIFA se obstina en mantener la tecnología de el siglo XVIII en el futbol: el silbato.
La razón para mantenerlo en su estado primitivo, según los dueños del futbol, es que eso lo mantiene "apasionante". En esta época, que el futbol se niegue a adoptar los avances tecnológicos disponibles porque el error arbitral es parte de la "emoción"; es como renunciar a vacunarse por la "emoción" de contraer o no una enfermedad.
Y constantemente, como en el pasado mundial en Sudáfrica, se dan las grandes y garrafales injusticias, marcando goles fantasma, dejando de marcar faltas evidentes, etc, dejando que la injusticia campee. Pero, como dijimos, al público futbolero, en general eso no le importa. Cuando hay protestas, es sólo de parte de los afectados directamente.
En cambio, en el deporte y la sociedad norteamericanas, una injusticia frecuentemente lleva a debate y a cambios en las reglas y las leyes. Podrá ser muy cuestionable la ética norteamericana, especialmente en el ámbito internacional, pero podríamos aprender mucho de su culto a la justicia.
Mientras, en el futbol a los aficionados parece no importarles demasiado lo deshonesto que pueda llegar a ser el manejo de éste.
Aparentemente, el balón no se mancha. Yo creo que nos hemos acostumbrado tanto a la mugre, que lo vemos limpio, aunque en realidad esté lleno de suciedad. Y en general es así: nos hemos acostumbrado tanto a ver sucias la sociedad y la política, que nos parecen normales.
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