sábado, 30 de abril de 2011

Alphonse Mucha, el artista de la sensualidad

Cartel Art-Noveau. Mucha
Esta es la historia de un niño que castigaban sus maestros porque se obstinaba en escibir con la izquierda, y terminó siendo uno de los más grandes artistas decoradores del siglo XX, e ícono del Art-Nouveau.
Alphonse Mucha nació en un país orgulloso pero humillado por la ocupación Austro-Húngara. Y como todo nacido en un país conquistado, era tratado como siervo por los conquistadores; pronto se dió cuenta de que no podría aspirar a mucho quedándose en su país natal, y en cuanto pudo, a los 17 años, salió de su país decidido a no regresar hasta no encontrar fortuna. Cortés quemó sus naves porque no quería volver atrás; Muchá se fue porque quería ir adelante.
Pasó un tiempo de un trabajo a otro, siempre en el naciente negocio del arte de la publicidad impresa, con diversa suerte: en 1881, un incendio destruye el negocio en que era empleado. Más adelante, un noble ve su trabajo, y apadrina su entrada a la Academia de Artes de Munich.
Sin embargo, el tiempo pasa y él continúa su carrera vagabunda. Hasta que la necesaria combinación de suerte, talento y oportunidad que incluso los genios requieren, se da, como es esperado, en el momento menos esperado.
En 1895 Mucha ya tiene 35 años, experiencia y madurez, pero poco éxito. En esos momentos era lo que hoy llamaríamos un freelance, que como muchos freelancers modernos, sobrevivía apenas de algunos trabajos por aquí y por allá.
Autorretrato de Mucha
Era víspera de Navidad, y Alphose Mucha se encontraba corrigiendo algunas pruebas en la imprenta de su amigo Lemercier, cuando llegó el gerente, De Brunhoff, molesto y excitado: acababa de recibir una llamada telefónica de la mismísima Sarah Bernhardt, la Divina, exigiendo la realización de un cartel que debía estar listo ¡el primero de enero! para su nueva obra, Gismonda.

No era un trabajo sencillo; recordemos que en esa época se imprimía en el sistema litográfico, en el cual se dibujaba el cartel directamente sobre una piedra, no dejando lugar a errores.  A pesar de las dificultades, en una época en que no había radio, televisión o medios masivos de comunicación, los carteles eran el medio. 

La persona que hacía carteles en litografía era una mezcla de diseñador, artista, técnico y publicista; características que hacían escasos a los buenos artistas litógrafos.  La situación de Brunhoff era desesperada, pues no se trataba de un encargo cualquiera: era de la Bernhardt; y al ser fechas festivas, no estaba disponible ninguno de sus litógrafos de confianza, como Georges de Feure ó Fernand Gottlob.   Hoy lo llamaríamos "bomberazo":  una emergencia gráfica, un trabajo repentino, con el tiempo de entrega ya consumido. Siendo el único artista disponible, se le ofreció el trabajo a Mucha.
Mucha acudió al teatro de la Renaissance encasquetado con un viejo sobrero que casi le cubría los ojos, se presentó, y dibujó a Bernhardt en una escena de la obra en la que entraba a la iglesia un domingo de Pascua; finalmente regresó a su estudio a hacer el cartel, faltando cada vez menos para que finalizara el plazo. (uf, no hay días festivos para los freelancers).
Al fin, y justo en el límite del tiempo, Muchá entregó el trabajo a Lemercier y a De Brunhoff, quienes lo miraron ansiosos y... ¡Se horrorizaron! Les parecía una pesadilla. No era nada parecido al tranquilo y preciso arte académico, que era lo aconsejable en este trabajo: era un fárrago barroco y enredado. Entre tantas líneas que luchaban por la atención, costaba distinguir a Sarah Bernhardt, si es que era ella; y ¿porqué esa imitación de vitral?, se trata de un teatro, no de una catedral. Definitivamente, un desastre.


Cartel Art-Noveau
para Gismonda. Mucha
¿Y ahora qué harían? Pues nada, ya no había tiempo para otra cosa: tuvieron que llevar ese cartel a mostrar a una cliente que era conocida no sólo en Francia, sino en Europa entera por su carácter difícil y caprichoso. De hecho, fue Sarah Bernhardt quien le dió sentido a la palabra Diva. Tal vez tendrían suerte, y no los demandara por haberla defraudado.
Mucha regresó a su casa -por llamar así al cuartucho que rentaba- y se sumió en la depresión. Tanto Lemercier como De Brunhoff le habían hecho saber lo malo que era el cartel: había fallado en su oportunidad más importante, y quizás la última.
Al día siguiente le llamaron. Debía ir al teatro de la Renaissance. Probablemente La Divina quería desquitar su enojo contra el directo culpable del desastre. Temiendo lo peor, y como el que va al cadalso, Mucha fue al teatro.
Esperaba gritos, reproches, burlas, hasta alguna bofetada; se había preparado para todo, menos para lo que se encontró:  lo aguardaban en el teatro, pero no con rostros de enojo o decepción;  fue recibido con amabilidad, y conducido deprisa a la regularmente inaccesible presencia de Sarah Bernhardt; donde tuvo la mayor de las sorpresas: estaba contenta, o más bien, encantada por su apariencia en el cartel; le parecía que Muchá había captado su escencia en la obra. Le tenía por un extraordinario artista, y el cartel, por el mejor que nunca hubieran hecho para ella. Muchá escuchaba como entre sueños, pero el milagro o el sueño continuaban: La Divina conversó con él, lo felicitó repetidamente, y finalmente le ofreció un contrato por 6 años para que le produjera todos sus carteles.
Base de lámpara Art Noveau
para Sarah Bernhartdt. Mucha

El resto, como dicen es historia: Mucha no sólo diseñaba los carteles de la  Bernhardt, sino todo tipo de impreso que ella usara, como invitaciones, boletos, programas, tanto para el teatro, como personales; Llegó a confiarle el diseño y la confección de joyas, adornos, sombreros, ropa, escenografía y hasta muebles.
La proyección y el prestigio que le dió a Mucha el trabajo con La Divina le permitieron convertirse en uno de los más importantes artistas y decoradores de la época, siendo uno de los emblemas del Art-Noveau, estilo que de hecho, Muchá y Sarah Bernhardt engendraron.
Sus diseños se carcterizan por su sensualidad; no sólo en sus lánguidas mujeres, siempre con eróticas partes del cuerpo desnudas, como las pantorrillas, las piernas, los hombros y el cuello -en una época en que simplemente mostrar la pantorrilla era obsceno- sus diseños son sensuales también en sus propios trazos: los casi infinitos ornamentos florales y orgánicos que rodean cada cuadro hacen parecer que cada mujer es una libélula o un hada que brota de una extraña flor.
Pero su languidez es parte de su erotismo; Mucha crea esa actitud con las mujeres de sus carteles: las vemos como si las sorprendiéramos en medio de una actividad privada o secreta; pero no tienen inconveniente en que nos unamos a ellas; actitud que posteriormente la publicidad profesional del resto del siglo XX copiaría.
Pulsera art-noveau para Sarah Bernhardt, de Mucha
Y es que ese es el sello de Mucha: el erotismo: es muy evidente en sus carteles, en donde puede haber o no los mismos elementos, pero lo que es infaltable, es una mujer. No hay obra de Mucha sin mujer, y por lo tanto, sin sensualidad. Aún en sus diseños de joyería, como en la base de lámpara ilustrada arriba, o en la pulsera que creó para Sarah Bernhardt, (aquí, a la derecha) las sinuosas líneas Art-noveau de Mucha prefiguran las líneas femeninas. Aún en este trabajo hay una mujer, un hada: la que portaría la pulsera; por eso se debe exhibir puesta en la mano de una dama; de lo contrario, perdería su sentido.
A continuación, una pequeña galería de trabajos de Alphonse Mucha, este extraordinario artista, diseñador, y creativo.

Cartel Art-Noveau de Chocolate. Mucha

Cartel Art-Noveau Mucha

Cartel Art-Noveau. Mucha

Cartel Art-Noveau. Mucha

 Ilustración Art-Noveau. Mucha 


Cartel Art-Noveau. Mucha

 Cartel Art-Noveau. Juana de Arco. Mucha 

Cartel Art-Noveau. Mucha


Cartel Art-Noveau. Mucha

Cartel Art-Noveau. Mucha


Cartel Art-Noveau. Mucha
  ¿Alguno es tu preferido?



Si te gustó este post, tal vez te gusten también:

El famoso Artista llamado Hitler
ó
La chica japonesa que vuela
Publicar un comentario